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    Madame Marguerite
    Críticas
    2,5
    Regular
    Madame Marguerite

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    por Gerard Casau

    Siendo un cineasta con cierta afición por los músicos (Chanson d'amour) y por los extraños caminos de la fama (Superstar), parece hasta cierto punto lógico que Xavier Giannoli se haya fijado en la figura de Florence Foster Jenkins, dama de la alta sociedad estadounidense de principios del siglo XX, y amateur del teatro lírico que quiso labrarse a toda costa una carrera como cantante, pese a no poseer ningún sentido del ritmo ni del timbre, presentar una dicción altamente discutible y, en términos generales, no haber sido agraciada con lo que comúnmente conoceríamos como “una voz bonita”. Con todo, Foster Jenkins se labró una cierta fama; primero como (inconsciente) objeto de sorna por aquellos que asistían a sus recitales privados, para devenir personaje de culto después de su muerte, gracias a las grabaciones que dejaron constancia de su peculiar talento, y que han fascinado a algunos hasta el punto de reivindicarla como un modelo de expresión artística que se oponía a las nociones clásicas de belleza.


     Madame Marguerite - Cartel
    Giannoli no adapta literalmente la vida de la cantante (quizá porque Stephen Frears ya había cogido las riendas del biopic oficial, protagonizado por Meryl Streep, y que verá la luz esta primavera), sino que coge sus rasgos principales y los traslada a la ficticia Marguerite Dumont (una Catherine Frot que es, en todos los sentidos, el pulmón del film), una rica aristócrata francesa que vive ajena a su poca musicalidad. Los primeros compases de la función son, sin duda, los más sugestivos, pues nos introducen al microcosmos de Marguerite de la mano de dos jóvenes que asisten por primera vez a una de sus fiestas, y que quedan intrigados por los comentarios a propósito de la naturaleza de su anfitriona, que no se dejará ver hasta pasado un buen rato. La aparición retardada de la protagonista aumenta el efecto de su desastroso intento de rendir tributo al género operístico.

    Cautivados por lo que acaban de presenciar, los dos muchachos, miembros de la bohemia parisina, convencen a Marguerite para actuar en un espectáculo diseñado por ellos, plantándola en el escenario como un agente más de una función escandalosa, sin que la mujer se percate de estar siendo utilizada como instrumento de subversión. Aquí empiezan y terminan las ideas de Madame Marguerite a propósito de las convenciones artísticas, pues Giannoli no tarda en cortar las alas y el alcance de la propuesta para acomodarla a un patrón previsible y correctísimo (todo lo contrario a la naturaleza del personaje principal), que se alarga imprudentemente en una deriva dramática.


    A favor: Catherine Frot.

    En contra: Su caída en un dramatismo mal calibrado.

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