La sensación que deja 8 apellidos marroquís es la de una película que intenta caer bien a toda costa, incluso aunque eso implique limar cualquier chispa o riesgo. Se nota desde el primer tramo: todo está pensado para hacer gracia sin molestar, para gustar sin tensar nada. Y claro, cuando vas por ese camino, acabas en una comedia muy amable… y muy plana.
Hay algún momento suelto que hace sonreír —uno o dos chistes que sorprenden por lo tontos que son—, pero la película vive más del gesto simpático que de la risa real. Lo curioso es que mantiene el nombre de la saga, pero no el espíritu. No tiene nada que ver con la primera, ni en energía ni en mala leche. Aquí todo está mucho más “correcto”, como si alguien hubiera pasado la aspiradora por encima de cualquier arista.
Lo que la salva un poco es Julián López, que tiene ese talento raro para hacer que una escena mediocre funcione mejor de lo que debería. Él sabe moverse en la idiotez con bastante gracia. El resto es más discutible: personajes que cambian de actitud en segundos, situaciones que se ven venir desde el póster y un tono general de comedia turística que ya hemos visto demasiadas veces.
Al final, queda un producto bienintencionado, suave, simpático… pero olvidable. Se puede ver con el cerebro medio apagado y no duele, pero tampoco aporta nada que justifique seguir estirando este título. Y sí, yo también habría preferido algo con más mala leche, o simplemente con más vida.