Me pareció una película bastante entretenida. No diría que sea perfecta ni que todo encaje con la precisión que pretende, pero sí tiene algo que Oriol Paulo maneja muy bien: la capacidad de engancharte con un misterio, ir abriendo puertas, complicarlo todo y hacer que sigas mirando aunque notes que el mecanismo empieza a chirriar. Es una película de truco, de giros y de líneas temporales, pero también tiene emoción suficiente para que no sea solo un rompecabezas frío.
La premisa ya invita a entrar: una tormenta eléctrica, una comunicación imposible con un niño del pasado, una decisión que altera la vida de Vera y una realidad nueva donde su hija no existe. Es el tipo de punto de partida que podría venirse abajo enseguida si la película no tuviera ritmo, pero aquí el arranque funciona. Tiene ese aire entre thriller, melodrama y fantasía temporal que te pide aceptar unas reglas un poco locas para disfrutar del viaje.
Lo que más me gustó es que se traga con cierta alegría. Hay películas que son tramposas de forma irritante, pero esta tiene un delirio atractivo. Sabes que te está llevando por un laberinto muy calculado, sabes que va a esconder cartas y a cambiarte el suelo bajo los pies, pero el juego resulta bastante divertido. No siempre me creí todo lo que pasaba, pero sí me apetecía ver cómo demonios iba a salir de ahí.
Adriana Ugarte sostiene muy bien la parte emocional. Vera podía haber sido simplemente una pieza dentro del mecanismo, pero su angustia por recuperar a su hija da peso a la historia. La película funciona mejor cuando recuerda que, detrás del misterio temporal, lo que hay es una madre desesperada, alguien atrapado en una realidad que para los demás es normal pero para ella es una pesadilla. Ese motor emocional ayuda mucho a que el truco importe.
También me gustó Javier Gutiérrez, porque aporta una zona más turbia y cotidiana al relato. La película mezcla lo fantástico con un crimen, con secretos de vecinos, con vidas cruzadas y con esa sensación de que el pasado nunca está del todo cerrado. Ahí Oriol Paulo vuelve a moverse en su terreno: el de la culpa, las versiones contradictorias, los detalles que parecen casuales y luego no lo son tanto.
Ahora bien, también tiene excesos claros. La parte final acumula tantas filigranas que en algún momento parece que la película quiere demostrar lo lista que es. Hay giros que funcionan, otros que son bastante forzados y alguno que quizá no hacía falta. El placer del truco está ahí, pero también la sensación de que el guion se gusta demasiado en su propio laberinto. A veces, por querer cerrar todos los pliegues, casi se enreda más.
El lado romántico y sentimental tampoco siempre me convenció. Cuando la película se pone cariñosa, puede volverse algo remilgada. Entiendo que necesita una recompensa emocional, pero hay momentos en los que esa emoción parece más escrita que sentida. Me interesaba más Vera buscando la verdad y peleando contra una realidad imposible que algunas derivaciones más blandas del relato.
Aun así, el ritmo es muy eficaz. Dura bastante, pero rara vez se queda parada. Siempre hay una pista, una sospecha, una revelación, una nueva pregunta o un cambio de perspectiva que empuja hacia delante. Esa es una de sus grandes virtudes: aunque notes las grietas, no te deja demasiado tiempo para recrearte en ellas. La película va corriendo detrás de su propio misterio, y muchas veces consigue que tú corras con ella.
También se agradece que el cine español de género juegue a lo grande. Hay referencias evidentes a relatos de viajes temporales, a la comunicación entre épocas, a los efectos mariposa y a ese tipo de fantasía emocional donde una pequeña intervención puede cambiar una vida entera. No es especialmente original en todos sus ingredientes, pero sí está hecha con oficio y con ambición comercial bien entendida. Quiere entretener, y en gran parte lo consigue.
Puede que no sea la película más redonda de Oriol Paulo, pero sí una muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Como narrador sabe enganchar, sabe dosificar información y sabe construir una maquinaria de suspense muy accesible. Como guionista, a veces fuerza demasiado las coincidencias y los giros para que todo encaje. Esa tensión entre habilidad y artificio está presente todo el tiempo.
Al final, me queda como un thriller fantástico notable, disfrutable y algo excesivo. Me gustó, me mantuvo dentro y me hizo aceptar su locura casi hasta el final, aunque no todas sus piezas me parecieran necesarias. Tiene buenas interpretaciones, ritmo, emoción, misterio y un punto de delirio que la hace atractiva. No es una obra maestra del género, pero sí una película que se ve con gusto y que confirma que, cuando Oriol Paulo se pone a jugar con el espectador, sabe hacerlo bastante bien.