Lo que más me funciona de la película es que no intenta arrancar como un thriller acelerado, sino como algo más turbio y contenido. Entra despacio, con esa residencia de mayores, esos pasillos, esos cuerpos frágiles, ese ambiente casi cotidiano donde la violencia parece estar fuera de campo. Y precisamente por eso va ganando veneno poco a poco. No estamos ante una historia de tiros y persecuciones desde el minuto uno, sino ante una película sobre una persona aparentemente tranquila, educada, casi invisible, que arrastra dentro una herida enorme. Esa calma inicial es importante, porque permite que el desarrollo de Mario tenga más peso.
Luis Tosar sostiene casi todo. Y lo hace con una sobriedad muy difícil, sin necesidad de convertir al personaje en un vengador espectacular ni en un monstruo evidente. Lo interesante está en cómo administra el silencio, las miradas, los pequeños gestos profesionales, esa manera de parecer correcto mientras por debajo se va abriendo algo cada vez más oscuro. Mario es enfermero, cuida, escucha, ayuda, toca cuerpos vulnerables. Pero la película va contaminando esa idea de cuidado hasta que cada gesto puede tener una doble lectura. Ahí está su mejor hallazgo: convertir un espacio de protección en un lugar moralmente inquietante.
Paco Plaza me parece muy seguro en la puesta en escena. Se nota que quiere alejarse del terror más reconocible de su filmografía, pero sin abandonar del todo esa sensación de amenaza. La cámara se pega a los personajes, los interiores pesan, los primeros planos tienen mucha importancia y la fotografía crea una atmósfera húmeda, cerrada, casi fermentada. Galicia no aparece como postal, sino como territorio de niebla moral: narcotráfico, familia, culpa, dinero, silencio y heridas que pasan de una generación a otra. La película tiene algo de tragedia rural y algo de thriller de venganza, pero lo mejor es cuando no se entrega del todo a ninguno de los dos moldes.
También funciona muy bien el contraste entre los dos mundos. Por un lado está la residencia, con su rutina, su fragilidad y su falsa sensación de seguridad. Por otro, el universo criminal, familiar, sucio, lleno de deudas, amenazas y códigos heredados. La película va cruzando esos espacios hasta que entiendes que la violencia no pertenece solo a los narcos ni a los delincuentes visibles. También puede instalarse en alguien que parece normal, alguien que ha aprendido a esperar, alguien que no necesita gritar para hacer daño. Esa idea me parece más perturbadora que muchas escenas de violencia explícita.
El desarrollo de Mario es lo que más me interesa. No porque la película lo justifique, sino porque lo deja avanzar de una forma incómoda. Entiendes que hay dolor, pérdida y una necesidad de reparación imposible, pero al mismo tiempo ves cómo esa herida se convierte en otra forma de veneno. La venganza aquí no libera, no limpia, no devuelve nada. Solo degrada. Y Tosar consigue que ese proceso sea creíble sin tener que explicarlo todo. Hay momentos en los que basta su cara para sentir que el personaje ya está más lejos de lo que él mismo quizá quiere admitir.
Aun así, entiendo algunas críticas más duras. Hay decisiones de guion que pueden parecer demasiado calculadas, coincidencias que empujan la trama y ciertos flashbacks o subrayados que no siempre le hacen falta. A veces la película parece confiar menos de lo necesario en su propia fuerza visual y emocional. También hay elementos del thriller que rozan lo convencional, como si necesitara cumplir con determinadas expectativas de género cuando lo más interesante estaba en la tensión silenciosa. No todo es igual de fino. Hay momentos muy potentes y otros algo más forzados.
Pero el conjunto me parece muy sólido. Tiene ritmo, tiene atmósfera, tiene una negrura bien trabajada y tiene a un Tosar magnífico llevando el peso de un personaje que podría haber caído fácilmente en el exceso. Me gusta que no convierta la venganza en espectáculo cómodo, sino en una especie de infección moral. Empiezas mirando a Mario como alguien dañado y terminas mirándolo con una incomodidad creciente, porque la película te obliga a preguntarte cuánto dolor hace falta para que una persona empiece a parecerse a aquello que odia. Y esa pregunta, más que la trama criminal, es lo que queda. Un thriller oscuro, áspero, muy bien interpretado y con un final que no busca dejarte tranquilo.