Me gustó mucho, aunque reconozco que no entra fácil. Al principio parece lenta, incluso demasiado callada, pero poco a poco te das cuenta de que está haciendo otra cosa: va creando mal rollo sin necesidad de grandes escenas. No es un western de tiros ni de duelos, sino una historia bastante incómoda sobre gente que vive reprimiendo demasiadas cosas. Lo mejor está en los detalles pequeños: una mirada, una frase venenosa, una humillación casi de pasada. Ahí es donde la película va haciendo daño.
Lo que más me interesó es cómo desmonta la imagen clásica del vaquero duro. Phil se presenta como el hombre viril por excelencia: sucio, seco, dominante, cruel, orgulloso de su contacto con la tierra y con el ganado, despreciativo con cualquier gesto de delicadeza. Pero la película va dejando ver que esa masculinidad tan agresiva no es fortaleza, sino coraza. Detrás de tanta dureza hay miedo, deseo reprimido, soledad y una necesidad enfermiza de mantener el control.
Benedict Cumberbatch está magnífico. Al principio puede parecer extraño verlo en ese registro tan físico y áspero, pero enseguida impone una presencia incómoda. Su Phil no necesita levantar mucho la voz para envenenar una habitación. Basta con una mirada, una frase, una burla o una ausencia de amabilidad. Es un personaje desagradable, sí, pero no plano. La película no lo suaviza ni lo justifica, pero deja entender de dónde sale parte de su veneno.
Kirsten Dunst también me pareció muy buena. Rose entra en ese mundo como alguien que podría traer algo de calma, afecto y vida doméstica, pero se va apagando bajo la presión de una hostilidad que casi nunca necesita ser explícita. La película muestra muy bien cómo la crueldad constante puede destrozar a una persona sin necesidad de grandes escenas melodramáticas. Hay algo terrible en verla encogerse dentro de una casa enorme, rodeada de espacio pero sin aire.
Y luego está Kodi Smit-McPhee, que para mí es clave. Peter parece frágil, raro, vulnerable, casi una víctima fácil dentro de un mundo que desprecia todo lo que no encaja con la rudeza masculina. Pero la película juega muy bien con esa percepción. Basta observar cómo mira, cómo aprende, cómo calcula y cómo se mueve por un territorio hostil. Su presencia cambia el equilibrio de fuerzas de una manera muy sutil.
La puesta en escena de Jane Campion me parece extraordinaria. Hay una belleza fría, enorme, casi intimidante, en esos paisajes abiertos que, en lugar de liberar, parecen encerrar más a los personajes. El rancho, las montañas, los interiores, el polvo, los cuerpos y los silencios construyen una atmósfera de amenaza contenida. Todo parece seco, bello y peligroso. Es un western, sí, pero mirado desde un lugar mucho más íntimo y psicológico.
Es verdad que no es una película para todos. Su ritmo pausado puede desesperar a quien busque una narración más directa. Durante buena parte del metraje parece que no ocurre demasiado, pero en realidad está ocurriendo mucho bajo la superficie. La película pide paciencia y atención, porque su fuerza no está en el golpe inmediato, sino en la acumulación. Y cuando uno mira hacia atrás, entiende mejor la precisión con la que ha ido colocando cada gesto.
Me parece muy potente su lectura de la masculinidad tóxica, pero también del deseo escondido y del daño que produce vivir interpretando un papel. Phil no solo hace daño a los demás; también parece atrapado en la figura que ha construido para sobrevivir. Esa mezcla de violencia, represión, admiración por un pasado mitificado y miedo a ser descubierto le da una dimensión trágica. No lo redime, pero lo vuelve mucho más interesante.
La película también habla muy bien del poder. No el poder grandilocuente, sino el poder cotidiano de quien domina una casa, impone un clima, decide quién puede respirar y quién no. Phil convierte el rancho en una extensión de su carácter. Rose, George y Peter se mueven dentro de ese espacio como si cada paso tuviera consecuencias. Esa tensión constante es lo que convierte el relato en algo casi asfixiante.
Al final, me queda como una película muy buena, elegante, incómoda y con una mordida que tarda en sentirse. No es perfecta para todos los gustos, ni pretende serlo, pero tiene interpretaciones enormes, una atmósfera hipnótica y una inteligencia narrativa que se va revelando poco a poco. Me gustó porque no subraya demasiado, porque entiende que el veneno puede estar en un gesto mínimo y porque convierte el western en una historia oscura sobre deseo, miedo, crueldad y supervivencia.