Hay películas de terror que, aunque no inventen nada nuevo, al menos cumplen con la tarea básica de incomodar. La piscina intenta jugar en esa liga, pero se queda a medio camino. La premisa es prometedora: una piscina suburbana con secretos oscuros. El problema es que, más allá de la idea inicial, el guion no sabe cómo sostener la tensión y acaba cayendo en giros previsibles y escenas que nunca llegan a asustar de verdad.
Visualmente tiene algún acierto: las secuencias bajo el agua transmiten cierta inquietud y logran envolver al espectador en esa sensación de peligro invisible. Sin embargo, el montaje abusa de los recursos más conocidos del género y los sustos se ven venir de lejos, lo que le resta fuerza.
El reparto hace lo que puede, especialmente Kerry Condon, que aporta credibilidad a un guion que no le da mucho margen. Wyatt Russell también cumple, pero el problema no está en las interpretaciones, sino en la falta de un desarrollo más sólido y coherente.
La segunda mitad se siente desinflada, como si la película se ahogara en sus propios clichés. Da la impresión de que había espacio para arriesgar más, pero se optó por un camino demasiado seguro y predecible.
En definitiva, La piscina entretiene a ratos, pero no consigue destacar en un género que pide cada vez más ingenio. Es una de esas películas que se ven sin demasiado esfuerzo, pero que se olvidan igual de rápido. Una ocasión desaprovechada que deja más sensación de chapoteo superficial que de auténtico terror.