¡Hadōken!
por Tomás Andrés GuerreroLa nueva adaptación de Street Fighter (2026) destaca, por encima de todo, por ser plenamente consciente de su propia majadería. Lejos de pretender ser una sobria o trascendental cinta de luchadores a tortazo limpio, la película es realmente desenfrenada, colorida y sin complejos. No estamos ante un filme de artes marciales al uso, sino ante un eufórico homenaje al videojuego de Capcom que abraza su estética y su dinamismo de arcade. Es una propuesta festiva que, con sus aciertos y excesos, hará las delicias de los fans que esperaban una visión que respetase la energía anárquica de la franquicia.
El gran mérito tras las cámaras reside en cómo Kitao Sakurai capta a la perfección la esencia de los videojuegos. La puesta en escena traduce los movimientos especiales, los combos espectaculares y la personalidad disparatada del plantel a una gramática cinematográfica vibrante y ágil. Uno de los elementos más estimulantes del metraje es la inclusión de prólogos y secuencias de 'flashback' realizadas en animación 2D tradicional: un claro homenaje en clave de anime a las películas de dibujos animados sobre el videojuego producidas en los años 90 -como la mítica Street Fighter II: The Animated Movie- que eleva la factura visual y conecta con la nostalgia noventera.
Por otro lado, la película exhibe un marcado acento 'queer', visible tanto en la hiperbolizada masculinidad de sus personajes como en su vestuario extravagante, sus poses teatrales y sus dinámicas de tensión física. Esta libertad estética parece un auténtico zapatillazo en la cara de los sectores de 'gamers' más reaccionarios, desmantelando la toxicidad rancia mediante una celebración sin rodeos de la pluma, la sexualidad desacomplejada y el dinamismo festivo que siempre han latido bajo las mallas de color neón y los músculos del juego original.
Ser todo lo que la adaptación de 1995 debería haber sido
Paramount Pictures
El filme tampoco oculta sus referentes cinematográficos dentro de la propia franquicia, acumulando constantes guiños a la terrible -pero de culto- adaptación de 1995 protagonizada por Jean-Claude Van Damme. En este terreno brilla con luz propia la actuación de David Dastmalchian, cuyo M. Bison bebe directamente de la demencial e inolvidable interpretación que realizó el difunto Raul Julia. El intérprete se entrega al histrionismo y al ridículo consciente con una devoción magnética, saboreando cada escena y convirtiéndose en uno de los puntos álgidos del reparto.
En el apartado narrativo, el guion firmado por Dalan Musson y T.J. Fixman funciona como una montaña rusa donde algunos chistes entran con precisión y otros no tanto. La comedia bebe del humor absurdo y desenfadado de apariciones como las de Eric André o Andrew Schulz, pero ciertos 'gags' resultan irregulares o quedan estancados en bromas un tanto chabacanas que no terminan de funcionar con el mismo ingenio que el resto del metraje. Asimismo, la estructura del relato acusa ciertos desajustes de ritmo que provocan que la película se haga algo larga en su tramo final. El torneo que articula el clímax parece algo atropellado, omitiendo combates prometedores o dilatándose en explicaciones místicas redundantes sobre la energía Hado y el 'Psycho Power'.
Por último, dejar un final tan sumamente abierto con miras a construir una saga resulta una apuesta complicada y arriesgada, especialmente si se tienen en cuenta los recientes y sonados fracasos en taquilla de Borderlands o He-Man y Los Masters de Universo, que se rodaron con miras a crear universos cinemáticos antes de consolidar el respaldo del público. Confiar en una secuela futura sin cerrar de forma redonda la historia presente puede jugarle una mala pasada si el público no responde con el entusiasmo necesario.
- Las últimas críticas de SensaCine
- Las mejores películas
- Las mejores películas según los medios