Vamos a hablar de Children of Men un rato, esa película que muchos llaman de culto, no tan valorada en su tiempo si nos guiamos por los números de taquilla, pero sí muy aclamada, aplaudida y, para mí, absolutamente digna de ese culto que le han rendido con los años.
Empecemos por lo obvio: el director es Alfonso Cuarón, el mexicano, y tiene una identidad tan marcada que después de esta película hizo Gravity y Roma, con las que se llevó premios Óscar y montones de galardones. Pero es justo en Children of Men donde vemos los cimientos de todo lo que acabó perfeccionando su cinematografía. Aquí ya está el Cuarón que conocemos, sino que todavía nadie lo sabía.
Lo que más me atrapa es que el universo de esta película es una distopía compleja, muy escénica y casi teatral en su caos: hay batallas, hay guerra, hay escenografía suficiente para llenar diez películas. Y, sin embargo, la cámara nunca se despega de sus personajes. Lo mejor de la película es su humanismo. Aunque Cuarón trabaje con ciencia ficción (como en Gravity) o con distopía (como aquí), nunca pierde de vista al individuo. No hay un solo gran plano general, ni una sola toma que se detenga a admirar el paisaje apocalíptico solo por admirarlo. Él organiza un universo entero y después se aferra a dos o tres personajes puntuales, y ya no los suelta. Todo, absolutamente todo, pasa a través de la gente. La cámara es un testigo más de la supervivencia.
A Cuarón no le interesa mostrar el mundo: le interesa que se sienta encima de nosotros. Por algo están esos planos secuencia tan extensos, esa cámara en mano con movimientos orgánicos, esa negativa casi terca a fragmentar con cortes. Se toma su tiempo para que el público se impregne del personaje que tiene en el encuadre. Algo sencillamente hermoso.
Y lo que hace aún más increíble ese caos es lo meticulosamente organizado que está. Cada explosión, cada extra, cada vehículo, cada sonido, está coreografiado con una sutileza que no permite ver las costuras. No hay un solo fotograma que se sienta ficticio.
La película, basada en la novela homónima de . James, cambia muchísimo respecto al libro. La novela es mucho más política, más religiosa y filosófica. Si eso se hubiera trasladado a la pantalla grande, lo hubiera agradecido enormemente porque es un tipo de cine que a mí me encanta. Pero este cine de acción, esta adaptación mucho más realista física y emocionalmente, también está muy bien conseguida, e incluso terminó siendo clave para el futuro del género.
La gran intención de Cuarón, según lo que él mismo ha explicado, era hacer un presente disfrazado de futuro. Quería que el público nunca sintiera que estaba viendo algo fantástico. Por eso ignora deliberadamente el origen de la infertilidad, cómo funcionan exactamente los gobiernos ahí, o qué guerra mundial desató todo el caos. Eso es solo contexto; nunca se explica el porqué. El centro siempre es la experiencia humana. Quiso evitar el futuro colorido y espectacular, hacer lo opuesto a un Blade Runner: un mundo casi idéntico al nuestro, solo que un poquito peor. Esto terminó siendo una de sus mayores virtudes.
Detrás de todo esto hay también una investigación documental muy buena: el equipo estudió las guerras de Irak, Palestina, Bosnia, imágenes reales de refugiados y los atentados de Londres. Se nota mucho en las escenas que reproducen composiciones directamente sacadas del fotoperiodismo.
Ahí entra Emmanuel Lubezki, ya considerado en 2006 uno de los mejores fotógrafos del mundo. Junto a Cuarón desarrollaron esa filosofía de no cortar la realidad, técnica que después perfeccionaron en Gravity y The Revenant. Y de esa filosofía nacen dos de los planos secuencia más espectaculares que he visto en mi vida. El del automóvil, de unos cuatro minutos, tenía un problema no menos importante: no había espacio dentro del carro para grabar. La solución fue construir un vehículo con asientos que bajaban automáticamente, con una cámara girando 360 grados, parte del techo abriéndose y operadores escondidos debajo del coche. Tecnología creada específicamente para esa escena. Y el otro, el de la batalla, dura casi siete minutos, con explosiones, cientos de extras, disparos, tanques, edificios cayéndose y las gotas de sangre sobre el lente que son un detallazo. Los dos planos hablan de la genialidad de Cuarón para hablar sobre temas super complejos usando el lenguaje del cine de acción sin perder su esencia.
Uno de esos temas es la crisis migratoria. En este universo no existen los derechos humanos; los inmigrantes son encerrados en jaulas, en campos de concentración, transportados por militares como ganado. Y la fotografía de Lubezki acompaña el horror evitando toda iluminación artificial evidente, todo color saturado y toda composición estética. Él no quiere que la película parezca película; quiere que parezca que realmente pasó. Ni siquiera la banda sonora se hace notar: lo que domina auditivamente son los helicópteros, los llantos, los disparos, la megafonía, los gritos. Una paranoia constante que se mete por el oído.
Luego tenemos lo que, para mí, es la clave temática de la película: la infertilidad no es tanto un problema biológico, más bien es como una metáfora. Sencillo, un mundo incapaz de producir niños es un mundo incapaz de imaginar un futuro. La desesperanza es la verdadera enfermedad de este universo.
El personaje de Clare-Hope (Kee) representa exactamente lo contrario: ella da a luz, y con esto hace que el mañana vuelva a ser imaginable. Y pese a que su embarazo introduce una dimensión casi bíblica, ella nunca se convierte en una figura sagrada o idealizada. Tiene humor, es irreverente, es vulnerable. Theo, en cambio, arranca roto: perdió a su hijo, a su matrimonio, y perdió la fe en el cambio, sobre todo cuando se entera de la muerte del chico argentino, Diego Ricardo, el ser humano más joven del mundo. Ese es su punto de partida. Su arco no consiste en recuperar la esperanza para sí mismo, sino en proteger la esperanza del mundo a través del embarazo de Kee
: es casi un héroe accidental que solo pretende cumplir con una responsabilidad que le cae encima. Julian, por su parte, representa la esperanza política, en contraste con la esperanza más humana de Theo. En esos dos páramos se nota que la película desconfía de las ideologías, pero jamás desconfía de la compasión.
Toda esta construcción se sostiene sobre una estructura bellísima. Hay un llamado a la aventura, persecución, sacrificio y resolución, pero en un viaje mucho más contenido. Children of men no tiene un gran discurso esperanzador ni hay victoria certera.
El protagonista pasa del cinismo a morir bajo una esperanza silenciosa, y la película termina justo antes de confirmarnos si el mundo se salva o no.
Ese final abierto refuerza la tesis central: la esperanza no garantiza el éxito, pero sigue siendo una decisión que uno puede tomar.