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Hay películas que envejecen no tanto por lo que cuentan como por lo reconocible que se vuelve su mecanismo. El diablo viste de Prada sigue siendo muy entretenida, pero vista después de años de cine se nota enseguida la arquitectura del guion: la protagonista entra en un mundo que desprecia, empieza a adaptarse, descubre que el éxito tiene un precio y su vida personal comienza a resentirse. No es que la película lo haga mal; al contrario, lo hace con tanta eficacia que precisamente por eso se ve venir casi todo.
Lo que la eleva es la forma. David Frankel convierte una historia bastante clásica de transformación personal en una comedia elegante, ágil y con muchísimo ritmo. El mundo de la moda funciona como un ecosistema cerrado de jerarquías perfectamente marcadas. La película entiende que ese universo puede ser ridículo y fascinante al mismo tiempo.
Meryl Streep es la gran razón por la que la película sigue funcionando tan bien. Miranda Priestly podría haber sido una caricatura de jefa tiránica, pero Streep hace exactamente lo contrario: reduce, enfría y contiene. No necesita levantar la voz para dominar una habitación. Una mirada, una pausa o una frase casi susurrada bastan para que todo el mundo cambie de postura. Esa economía interpretativa convierte al personaje en algo mucho más interesante que una villana convencional.
Anne Hathaway sostiene muy bien el otro lado. Andy empieza mirando la moda con cierta superioridad, como si fuese un mundo completamente superficial y ajeno a cualquier forma de inteligencia real. La película acierta al poner también eso en cuestión. Una de sus mejores ideas es recordarnos que detrás de lo aparentemente frívolo hay trabajo, conocimiento, negocio, cultura y una cadena de decisiones que termina influyendo incluso en quienes creen no participar de ella.
Emily Blunt entiende perfectamente el tono y logra que un personaje competitivo, neurótico y cruel resulte divertido sin convertirse en una simple caricatura. Stanley Tucci aporta humanidad y experiencia: parece conocer las reglas del juego y también el coste de sobrevivir dentro de él. Adrian Grenier representa la vida exterior a ese universo, aunque vista hoy algunas tensiones personales alrededor de Andy resultan más discutibles que en 2006.
Ahí aparece algo que me interesa al revisarla: la moral de la película no ha envejecido de forma tan limpia como su estilo. Es evidente que el trabajo puede devorar la vida personal, pero el guion parece a veces demasiado empeñado en sugerir que crecer profesionalmente y alejarse de tu antigua versión equivale necesariamente a perder autenticidad. Hoy también se nota que algunos personajes que reprochan a Andy sus cambios no parecen muy dispuestos a comprender lo que significa para ella esa oportunidad.
Ese conflicto entre ambición y vida privada funciona, pero está construido con una plantilla muy reconocible. Cuanto más cine ves, más detectas el deje de los guionistas: la pareja que se distancia, la tentación de una vida más brillante, el descubrimiento de que el éxito exige sacrificios, la crisis de identidad y la necesidad de redefinir prioridades. Son piezas que aparecen una y otra vez. Aquí están bien colocadas, pero dejan de sorprender porque conocemos demasiado bien el dibujo completo.
Por eso lo mejor no está en adivinar hacia dónde va la historia, sino en observar cómo llega allí. El vestuario, los montajes, las oficinas, el ritmo de trabajo, los cambios de actitud y la manera en que Andy empieza a ocupar el espacio de otra forma construyen una transformación que se entiende visualmente antes incluso de verbalizarse. La película hace avanzar al personaje a través de detalles aparentemente superficiales.
También resulta interesante que critique ese mundo mientras disfruta enormemente mostrándolo. Hay clasismo, crueldad, competitividad y relaciones laborales abusivas, pero también glamour, creatividad, belleza y acceso a lugares deseables. Esa contradicción es fundamental porque permite comprender la atracción que ejerce el entorno. Si todo fuese miserable desde el principio, el dilema de Andy carecería de sentido.
Miranda es precisamente quien impide que la película quede reducida a una moraleja demasiado sencilla. Sin justificar su comportamiento, el guion deja entrever que el poder también exige sacrificios y que quienes dominan una estructura pueden estar al mismo tiempo atrapados dentro de ella. Esa pequeña grieta basta para darle profundidad y para que Streep pueda mostrar algo más que autoridad helada.
El diablo viste de Prada no me sorprende demasiado como historia, y precisamente ahí noto cuánto se repiten ciertas estructuras cuando llevas muchas películas encima. Pero sigue siendo una comedia muy bien hecha, con ritmo, estilo y un reparto magnífico. Meryl Streep la eleva a otro nivel, Hathaway funciona bien como eje de transformación y Blunt y Tucci enriquecen el mundo alrededor. Previsible en su esqueleto, pero muy eficaz en su ejecución.
Lo que la eleva es la forma. David Frankel convierte una historia bastante clásica de transformación personal en una comedia elegante, ágil y con muchísimo ritmo. El mundo de la moda funciona como un ecosistema cerrado de jerarquías perfectamente marcadas. La película entiende que ese universo puede ser ridículo y fascinante al mismo tiempo.
Meryl Streep es la gran razón por la que la película sigue funcionando tan bien. Miranda Priestly podría haber sido una caricatura de jefa tiránica, pero Streep hace exactamente lo contrario: reduce, enfría y contiene. No necesita levantar la voz para dominar una habitación. Una mirada, una pausa o una frase casi susurrada bastan para que todo el mundo cambie de postura. Esa economía interpretativa convierte al personaje en algo mucho más interesante que una villana convencional.
Anne Hathaway sostiene muy bien el otro lado. Andy empieza mirando la moda con cierta superioridad, como si fuese un mundo completamente superficial y ajeno a cualquier forma de inteligencia real. La película acierta al poner también eso en cuestión. Una de sus mejores ideas es recordarnos que detrás de lo aparentemente frívolo hay trabajo, conocimiento, negocio, cultura y una cadena de decisiones que termina influyendo incluso en quienes creen no participar de ella.
Emily Blunt entiende perfectamente el tono y logra que un personaje competitivo, neurótico y cruel resulte divertido sin convertirse en una simple caricatura. Stanley Tucci aporta humanidad y experiencia: parece conocer las reglas del juego y también el coste de sobrevivir dentro de él. Adrian Grenier representa la vida exterior a ese universo, aunque vista hoy algunas tensiones personales alrededor de Andy resultan más discutibles que en 2006.
Ahí aparece algo que me interesa al revisarla: la moral de la película no ha envejecido de forma tan limpia como su estilo. Es evidente que el trabajo puede devorar la vida personal, pero el guion parece a veces demasiado empeñado en sugerir que crecer profesionalmente y alejarse de tu antigua versión equivale necesariamente a perder autenticidad. Hoy también se nota que algunos personajes que reprochan a Andy sus cambios no parecen muy dispuestos a comprender lo que significa para ella esa oportunidad.
Ese conflicto entre ambición y vida privada funciona, pero está construido con una plantilla muy reconocible. Cuanto más cine ves, más detectas el deje de los guionistas: la pareja que se distancia, la tentación de una vida más brillante, el descubrimiento de que el éxito exige sacrificios, la crisis de identidad y la necesidad de redefinir prioridades. Son piezas que aparecen una y otra vez. Aquí están bien colocadas, pero dejan de sorprender porque conocemos demasiado bien el dibujo completo.
Por eso lo mejor no está en adivinar hacia dónde va la historia, sino en observar cómo llega allí. El vestuario, los montajes, las oficinas, el ritmo de trabajo, los cambios de actitud y la manera en que Andy empieza a ocupar el espacio de otra forma construyen una transformación que se entiende visualmente antes incluso de verbalizarse. La película hace avanzar al personaje a través de detalles aparentemente superficiales.
También resulta interesante que critique ese mundo mientras disfruta enormemente mostrándolo. Hay clasismo, crueldad, competitividad y relaciones laborales abusivas, pero también glamour, creatividad, belleza y acceso a lugares deseables. Esa contradicción es fundamental porque permite comprender la atracción que ejerce el entorno. Si todo fuese miserable desde el principio, el dilema de Andy carecería de sentido.
Miranda es precisamente quien impide que la película quede reducida a una moraleja demasiado sencilla. Sin justificar su comportamiento, el guion deja entrever que el poder también exige sacrificios y que quienes dominan una estructura pueden estar al mismo tiempo atrapados dentro de ella. Esa pequeña grieta basta para darle profundidad y para que Streep pueda mostrar algo más que autoridad helada.
El diablo viste de Prada no me sorprende demasiado como historia, y precisamente ahí noto cuánto se repiten ciertas estructuras cuando llevas muchas películas encima. Pero sigue siendo una comedia muy bien hecha, con ritmo, estilo y un reparto magnífico. Meryl Streep la eleva a otro nivel, Hathaway funciona bien como eje de transformación y Blunt y Tucci enriquecen el mundo alrededor. Previsible en su esqueleto, pero muy eficaz en su ejecución.
Trabajar para vivir o vivir para trabajar.
No solo veo esta película por segunda vez, sino que lo hago con una mirada interpretativa completamente diferente. Si en el primer visionado me quedé en la superficie, en este segundo he sentido que la película me hablaba directamente a mí, a la cara. Ha sido como cuando uno ve una película con otra madurez y está más preparado para lo que quiere contar la obra.
El humor ha sido clave para poder disfrutarla tanto como antes. No es ligero ni complaciente; es punzante, afilado e incómodo. Está claro que Miranda (Streep) no busca caer bien, ni suavizar sus sutiles pero agresivos golpes. Al contrario, parece disfrutar de esa incomodidad que esparce a todo el mundo, tanto a los personajes como al espectador. Es una de sus grandes cualidades: no pedir permiso para decir lo que quiere decir.
Sin embargo, ese humor disimula o difumina lo más inquietante. Me descubro pensando en mi propio futuro, en la posibilidad de acabar en un entorno laboral exigente, absorbente, donde el valor personal queda relegado a un segundo plano y donde, poco a poco, tenga que ir cediendo partes de mí mismo para sobrevivir. Supongo que casi todo el mundo ha pasado por ahí. La película plantea, sin dramatizar demasiado, esa transición de trabajar para vivir y acabar viviendo casi únicamente para trabajar. Muchas veces también con el propósito de ganarse el puesto y respeto.
Y dentro también de esa dinámica perturbadora, hay otro elemento igual de aterrador: la necesidad de encajar. No solo a nivel profesional, sino también social. Esa presión constante por adoptar una imagen concreta, para cumplir unas expectativas que no son precisamente en común. El "vestir bien para verse bien" deja de ser algo superficial para convertirse en una norma, una herramienta del control. No es algo que me resulte agradable, ni mucho menos con lo que esté de acuerdo, pero por eso funciona: lo siento real.
Lo que cambia por completo mi opinión es la idea que tenía de Emily Blunt. La primera vez estuve demasiado absorto en la figura de Anne Hathaway por mi gusto personal en cuanto a actores, lo que hizo que pasara por alto otros matices que aquí tengo en cuenta. Ahora, en quien me fijo más y de verdad, es en Blunt. Un personaje construido desde el lado más sólido, de forma muy natural en pantalla, dotándola de total credibilidad. No hay necesidad de imponer grandilocuencias actorales para destacarla. Y Streep, aunque juegue siempre en otra liga, su presencia y su forma de actuar es suficiente para ponerme tenso cada vez que aparece. Autoridad, control y amenaza.
Lo que más me interesa aquí es la capacidad que pocas películas poseen para mantener mi atención. Hay carga temática, lo que podía limitar mucho mi experiencia, pero nunca se hace densa. El mérito se lo atribuyo al ritmo y a la música tan pegadiza, rítmica y viva que impregna mi estado anímico. Aligera por completo el tono cuando es necesario. Nunca pierdo el interés, nunca miro el reloj, nunca desconecto y nunca siento que haya relleno.
Lo que me da coraje de esta maravilla de película es el acostarse con otra persona horas después de haber roto con una pareja longeva. Me frustra personalmente. Pero eso no quiere decir que se cargue ni al personaje ni la película. No es necesario entender de moda para reconocer lo que quiere decir. Cómo el entorno en el que se trabaja y se vive acaba moldeando quiénes somos, sin tener nunca --o casi nunca-- el control.
No solo veo esta película por segunda vez, sino que lo hago con una mirada interpretativa completamente diferente. Si en el primer visionado me quedé en la superficie, en este segundo he sentido que la película me hablaba directamente a mí, a la cara. Ha sido como cuando uno ve una película con otra madurez y está más preparado para lo que quiere contar la obra.
El humor ha sido clave para poder disfrutarla tanto como antes. No es ligero ni complaciente; es punzante, afilado e incómodo. Está claro que Miranda (Streep) no busca caer bien, ni suavizar sus sutiles pero agresivos golpes. Al contrario, parece disfrutar de esa incomodidad que esparce a todo el mundo, tanto a los personajes como al espectador. Es una de sus grandes cualidades: no pedir permiso para decir lo que quiere decir.
Sin embargo, ese humor disimula o difumina lo más inquietante. Me descubro pensando en mi propio futuro, en la posibilidad de acabar en un entorno laboral exigente, absorbente, donde el valor personal queda relegado a un segundo plano y donde, poco a poco, tenga que ir cediendo partes de mí mismo para sobrevivir. Supongo que casi todo el mundo ha pasado por ahí. La película plantea, sin dramatizar demasiado, esa transición de trabajar para vivir y acabar viviendo casi únicamente para trabajar. Muchas veces también con el propósito de ganarse el puesto y respeto.
Y dentro también de esa dinámica perturbadora, hay otro elemento igual de aterrador: la necesidad de encajar. No solo a nivel profesional, sino también social. Esa presión constante por adoptar una imagen concreta, para cumplir unas expectativas que no son precisamente en común. El "vestir bien para verse bien" deja de ser algo superficial para convertirse en una norma, una herramienta del control. No es algo que me resulte agradable, ni mucho menos con lo que esté de acuerdo, pero por eso funciona: lo siento real.
Lo que cambia por completo mi opinión es la idea que tenía de Emily Blunt. La primera vez estuve demasiado absorto en la figura de Anne Hathaway por mi gusto personal en cuanto a actores, lo que hizo que pasara por alto otros matices que aquí tengo en cuenta. Ahora, en quien me fijo más y de verdad, es en Blunt. Un personaje construido desde el lado más sólido, de forma muy natural en pantalla, dotándola de total credibilidad. No hay necesidad de imponer grandilocuencias actorales para destacarla. Y Streep, aunque juegue siempre en otra liga, su presencia y su forma de actuar es suficiente para ponerme tenso cada vez que aparece. Autoridad, control y amenaza.
Lo que más me interesa aquí es la capacidad que pocas películas poseen para mantener mi atención. Hay carga temática, lo que podía limitar mucho mi experiencia, pero nunca se hace densa. El mérito se lo atribuyo al ritmo y a la música tan pegadiza, rítmica y viva que impregna mi estado anímico. Aligera por completo el tono cuando es necesario. Nunca pierdo el interés, nunca miro el reloj, nunca desconecto y nunca siento que haya relleno.
Lo que me da coraje de esta maravilla de película es el acostarse con otra persona horas después de haber roto con una pareja longeva. Me frustra personalmente. Pero eso no quiere decir que se cargue ni al personaje ni la película. No es necesario entender de moda para reconocer lo que quiere decir. Cómo el entorno en el que se trabaja y se vive acaba moldeando quiénes somos, sin tener nunca --o casi nunca-- el control.
He vuelto a ver El Diablo Viste De Prada y de verdad me ha aún mejor que la primera vez que la vi, vaya joya de película, extraordinaria, elegante y divertida que me ha gustado muchísimo pero muchísimo más. Todo de la película de verdad me ha parecido mejor que la primera vez que la vi y eso que fue hace mucho tiempo, todo de esta película es puro glamour. La dirección sigue siendo absolutamente magnífica, el guion sigue siendo muy increíble y simple que está muy bien currado, el desarrollo sigue siendo impresionante y me parece espectacular, cada detalle es estupendo, el humor me sigue gustando muchísimo, es gracioso y sarcásticos, el vestuario sigue siendo espectacularmente fabuloso y de las mejores cosas de la película y Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt siguen estando asombrosas y tienen una química extraordinaria, las mejores de toda la película, reinas absolutas.
En resumen El Diablo Viste De Prada es y siempre será toda una joya de película de principio a fin, sin duda alguna será un clásico.
La amo infinita pero infinitamente❤️
En resumen El Diablo Viste De Prada es y siempre será toda una joya de película de principio a fin, sin duda alguna será un clásico.
La amo infinita pero infinitamente❤️
Es una crítica a la moda desde un punto más cercano que lo visto antes, debo decir que se podría decir que habla mucho de la sociedad como la conocemos
me parecio el final malisimo y cuando se dio cuenta que wey me estoy volviendo mala dejo todo atras su trabajo y un gran novio y me parecio una muy mala decicion :b
Buenaa, me encanto la hiatoria. Super entretenida, la mejor pelicla que he visto, sin dudarlo, lo mejor del siglo.
Me encanto!...
Buen reparto , buena historia, buen film , simplemente muy entretenido la recomiendo
Buen reparto , buena historia, buen film , simplemente muy entretenido la recomiendo
Definitivamente una de las mejores que e visto, como el cambio de actitud hace que la aptitud varie.
Entretenida. No me gusta mucho Anne Hathaway, ya que me parece una actriz un poco insulsa, en cambio, Meryl Streep hace un papelazo, muy buena actuación por su parte, aunque es una actriz que está muy sobrevalorada.
Es una buena película, aunque he de admitir que dejaron de lado algunos aspectos como la relación de Nate.
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