Seinfeld no fue solo una serie, fue una revolución. La mejor comedia de todos los tiempos, sin discusión. Pocas cosas en televisión han logrado lo que consiguió esta joya: convertir lo cotidiano, lo trivial, lo absurdo, en comedia perfecta. Cada episodio es una pequeña obra maestra de observación, ironía y genialidad. Y sí, cuando terminó, lloré. Porque sabía que no volvería a haber nada igual.
No tiene capítulos flojos. Algunos están más arriba en el podio, claro —el del parking, el de la serie sobre nada, el viaje a los Hamptons, Festivus, el del restaurante chino...— pero todos son buenísimos. Siempre encuentras algo que te hace reír, una frase, una reacción, una mirada, un giro ridículo pero brillantemente escrito. La construcción de las tramas, cómo se cruzan y se cierran con una precisión casi matemática, es una lección de guion para quien quiera aprender a escribir comedia.
Y los personajes… qué decir. Jerry, George, Elaine y Kramer son ya parte de la historia de la televisión, y no solo por lo que dicen, sino por cómo lo dicen, por lo que callan, por lo que representan. Todos tienen sus momentos brillantes, y ninguno podría haber sido interpretado por otra persona. Cada uno de ellos es indispensable para que la serie funcione como ese engranaje perfecto que nunca chirría.
Es cierto que fue una serie sobre nada, pero también lo es que acabó hablando de todo. De relaciones, de neurosis, de egoísmo, de inseguridad, de comida, de sexo, de normas sociales ridículas... y lo hizo con un descaro, una elegancia y una inteligencia inigualables.
Han pasado los años y Seinfeld no ha envejecido. Sigue siendo tan divertida, tan irreverente y tan inteligente como el primer día. Y eso, en televisión, es algo al alcance de muy pocos.