Matrimonio con hijos es uno de mis recuerdos televisivos más maravillosos. La descubrí en La 2, casi de casualidad, y me atrapó de una manera brutal. Me reía muchísimo con Al Bundy, con Peg, con Kelly, con Bud, con los vecinos, con ese salón horrible, ese sofá, esa escalera, esa casa donde parecía que todo estaba siempre a punto de venirse abajo. Luego, cuando llegué a Estados Unidos y la veía allí en emisión, con episodios de estreno los jueves, ya fue otra cosa. Aquello era una cita. Me meaba de risa.
Lo que tenía esta serie, y sigue teniendo, es que era lo contrario de la familia perfecta de televisión. Mientras tantas sitcoms vendían hogares amables, padres comprensivos, hijos con problemas que se solucionaban al final del episodio y una moraleja limpita antes de los créditos, Matrimonio con hijos hacía justo lo contrario. Aquí no había redención, ni lección, ni abrazo final que arreglara nada. Había frustración, dinero que no llegaba, deseo muerto, insultos, egoísmo, fracaso y una familia que se odiaba queriéndose o se quería odiándose, que casi es más exacto.
Al Bundy es uno de los grandes personajes de la comedia televisiva. Un vendedor de zapatos amargado, un antiguo héroe de instituto convertido en perdedor profesional, un hombre que ha sido derrotado por el matrimonio, el trabajo, los hijos, los vecinos, la vida y probablemente por el propio universo. Y aun así era invencible a su manera. No porque ganara nunca, sino porque seguía ahí, sentado en el sofá, con la mano en el pantalón, mirando la tele y soltando frases como cuchilladas. Ed O’Neill estaba inmenso. Aguantaba primeros planos como pocos, con esa cara entre náusea, resignación y desprecio absoluto por todo.
Pero la serie no funcionaba solo por Al. Peg era una fuerza cómica tremenda, una mujer que convertía la vagancia, el consumismo y la crueldad doméstica en arte. Kelly era mucho más que la rubia tonta de manual, porque Christina Applegate tenía una vis cómica enorme y sabía hacer que la estupidez fuera ritmo, presencia y personaje. Bud, con toda su miseria adolescente, completaba una familia que parecía diseñada para destruir cualquier idea decente de convivencia. Y eso era precisamente lo divertido.
Vista ahora, claro, hay cosas que han envejecido regular. Algunos chistes son facilones, otros son muy de su época y la serie repite fórmulas hasta agotarlas. Pero incluso eso forma parte de su identidad. Era grosera, incorrecta, exagerada, a veces muy bestia, pero también tenía una libertad que hoy se echa de menos. No fingía ser noble. No pedía perdón. No intentaba educarte. Solo quería hacerte reír mientras dinamitaba la imagen de la familia americana feliz.
Y por eso fue tan importante. Muchísimas comedias posteriores aprendieron algo de ella: la familia como campo de batalla, el protagonista como antihéroe miserable, la ausencia de moralina, el gusto por el sarcasmo, por lo incómodo, por lo feo. Puede que en España no tuviera el mismo éxito que en Estados Unidos, pero los que la vimos la recordamos muy bien. Porque no se parecía a nada. Porque era sucia, rápida, cruel y divertidísima.
Para mí, Matrimonio con hijos sigue siendo una maravilla. No perfecta, no fina, no elegante, pero sí brutalmente divertida y con una personalidad enorme. Una sitcom corrosiva, cafre, inolvidable, hecha alrededor de uno de los mayores perdedores de la televisión. Y qué grande era ese perdedor.