Aunque ya da la sensación de que no se va a acabar nunca, hay algo casi reconfortante en volver a ella. Sí, repite chistes, recicla situaciones y se apoya en latiguillos que llevan años funcionando, pero aun así sigue teniendo ese efecto raro de serie-hogar. Puedes ponerla de fondo mientras haces otra cosa y, sin darte cuenta, acabas riéndote otra vez. No importa cuántas veces hayas visto ciertas escenas: los personajes siguen ahí, como vecinos de verdad, formando parte del ruido cotidiano.
El arranque fue flojo, incluso algo ñoño, demasiado pegado a su predecesora. Costaba verla como algo propio y durante un tiempo parecía una sombra de lo que vino antes. Sin embargo, cuando decidió soltarse y abrazar lo grotesco sin complejos, encontró su identidad. Ahí llegaron sus mejores momentos, cuando el humor se volvió más salvaje, más bestia, y dejó de pedir permiso para ser incorrecto.
Cuando la serie acierta es porque se centra en sus personajes más desatados, los que funcionan precisamente por exceso. Algunos arcos concretos alcanzaron una cumbre inesperada, con episodios donde el disparate estaba tan bien calibrado que rozaba lo brillante. En cambio, cuando se empeña en dar protagonismo a figuras menos carismáticas o directamente fallidas, el ritmo se resiente y la comedia pierde filo. No todo el reparto tiene la misma capacidad para sostener el esperpento.
El humor es el que es: rancio, casposo, exagerado hasta lo absurdo. No pretende ser fino ni elegante, y quien espere eso se equivoca de sitio. A ratos incluso cruza líneas y se vuelve repetitiva o perezosa, como si confiara demasiado en que el público va a reír por pura inercia. Y aun así, algo sigue funcionando. Quizá porque nunca ha dejado de ser una sátira deformada de nuestras propias miserias.
También hay una cuestión emocional difícil de ignorar. Para muchos, esta serie ha acompañado madrugadas, épocas de estudio, trabajo o simple compañía silenciosa. Tener a esos vecinos de fondo acaba creando un vínculo extraño, casi familiar. No es tanto lo que cuentan como el hecho de que sigan ahí, diciendo barbaridades mientras el tiempo pasa.
Hoy está lejos de su mejor versión, y es evidente que arrastra desgaste y falta de ideas. Pero incluso en su etapa más irregular conserva un encanto muy específico, difícil de explicar y fácil de sentir. No es una gran serie en sentido estricto, pero sí una presencia constante. Y eso, en televisión, no es poca cosa.