Antes de dedicarse a la cocina, Karlos Arguiñano trabajó en la fábrica de trenes: "Me dijo 'Búscate otro trabajo porque en este estás arruinado"
Antonio Bret
Antonio Bret
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El cocinero vasco ha participado en el programa Fora de sèrie de Glòria Serra y ha contado muchos detalles de su vida personal

3Cat

Pocas personas llegan y besan el santo en lo laboral. Por lo general, antes de consolidarse en un empleo a largo plazo, los jóvenes suelen ir dando tumbos, adquiriendo experiencia y asentándose en el mercado laboral hasta que, tiempo después, les llega la oportunidad de asentarse. De esto no se ha librado ni Karlos Arguiñano.

En el programa de 3Cat Fora de Sèrie, presentado por Glòria Serra, el cocinero de Guipuzcoa ha hablado acerca de esos trabajos prematuros que nos preparan para el futuro, un futuro que, en ocasiones, nada tiene que ver con la realidad.

"Desde los 15 a los 18 años", dice Arguiñano en el programa, "trabajé en CAF (Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles), en Beasain. Hice oficialía industrial y era chapista; ponía techos y puertas de locomotoras. Un día vino un maquinista; probaba las locomotoras, las llevaba desde Beasain hasta Miranda de Ebro y volvían. Ya en el taller, el maquinista me mira y me dice: ¿Quién pone las puertas? Dije: "Yo". Se me acercó y me dijo: "Se me abren en las curvas". Entonces me dije: "Arguiñano, búscate otro trabajo, porque con este estás arruinado".

"Ni corto ni perezoso, se puso manos a la obra. "Me gustaba mucho la cocina y vi que había un cursillo. Se inauguraba aquí, en Zarautz, una escuela de hostelería en Euromar, un hotel que había entonces, con Luis Irizar, que era un gran profesor y que todavía vive, con 86 años. Con él hemos aprendido cientos y cientos de cocineros. Del mismo curso, por ejemplo, somos Pedro Subijama, Ramón Roteta y otros muchos".

Como suele pasar, los planes de los padres son otros, y en el caso del de Arguiñano, quería que su hijo fuese arquitecto. "Nada menos que arquitecto", ironiza Arguiñano. "Mi padre sí que estaba equivocado. Con un uno y medio en matemáticas, arquitecto... Él que era taxista... 'Mi hijo, que sea arquitecto'".

El padre de Arguiñano no creía mucho en él: "Cuando llevaban las notas todas las semanas, podía acumular seis o siete suspensos. Me tiraba el boletín a la cara, no me lo firmaba y me decía: 'Tú eres bobo, nunca serás nada'. A continuación, y muestra del sentido del humor del cocinero, contó una anécdota con su hijo. "Un día me vino mi hijo, de unos 11 o 12 años, con siete suspensos. Las miré, le di la mano y le dije: 'Te debo una cena; tu padre los récords los celebra todos".

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