Hemos pasado de crear un monstruo legendario usando solo dos notas musicales a las bandas sonoras completamente olvidables
Sara Heredia
-Redactora jefe SensaCine
Cargada con una mente abierta y mucha curiosidad, explora cualquier documental, película, serie y miniserie que empiece a hacer ruido.

Ya no habrá más John Williams, ahora la música de las películas se compone a base de efectos de sonido y música atmosférica

Si a cualquier espectador se le pide que tararee la icónica Marcha Imperial de Star Wars, el tema principal de Indiana Jones, la música de Harry Potter o los inconfundibles acordes de Piratas del Caribe, lo más probable es que pueda hacerlo sin dudarlo ni un segundo. Sin embargo, si se hace el mismo ejercicio con la película más taquillera de la historia o con éxitos recientes como Vengadores el resultado suele ser el silencio. Esta curiosa paradoja revela una tendencia cada vez más evidente en la industria audiovisual: las melodías inolvidables están empezando a desaparecer de las grandes producciones.

El último gran éxito de la banda sonora "convencional" y tarareable lo ostenta Howard Shore con El Señor de los Anillos. Shore no compuso música atmosférica, sino que construyó cerca de 100 leitmotivs diferentes y los entrelazó creando un universo donde cada raza, cada lugar y hasta el Anillo tenían su propia voz. Si cierras los ojos viendo esa trilogía, sabes exactamente qué está pasando. Ahora resulta casi imposible encontrar ejemplos de esto.

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El poder del 'leitmotiv' y el monstruo invisible

Para entender la magnitud de esta pérdida, es necesario remontarse a obras maestras como Tiburón (1975). En esta cinta, el legendario compositor John Williams logró un hito histórico: crear a un monstruo aterrador utilizando únicamente dos notas musicales. El rodaje de la película fue una auténtica odisea, y el tiburón mecánico diseñado por el equipo de Steven Spielberg sufría constantes averías, rompiéndose con solo mirarlo, lo que impedía mostrarlo en pantalla todo lo que hubieran deseado. La solución ante este problema técnico fue brillante y cambió el cine para siempre: la música se convirtió en el monstruo. El espectador ya no necesitaba ver a la criatura física; sabía perfectamente si el tiburón estaba cerca y a quién se podía comer guiándose solo por el ritmo de la melodía. Este recurso es lo que se conoce como leitmotiv, que ocurre cuando la música forma una parte fundamental de la historia y se convierte en un personaje más.

Por el contrario, en la actualidad, si uno observa una película moderna de terror o suspense, notará que han desaparecido casi por completo aquellos temas musicales tan impactantes destinados a representar al monstruo o al villano. El hueco que dejaron las melodías ha sido ocupado por la atmósfera. Ahora, la tensión se construye mediante un zumbido grave de fondo diseñado para poner nervioso al público, seguido de un silencio y rematado con un gran golpe de volumen sonoro para provocar el susto de forma artificial. Se ha cambiado la enorme belleza de construir tensión con escasas notas musicales por el "apaño" de subirle el volumen a un efecto de sonido, intentando tapar así que no hay melodía. Tristemente, la música ya no te cuenta la historia.

El problema de Marvel y el 'Temp Track'

Esta homogeneización no se limita al terror. Gran parte del público se ha preguntado alguna vez por qué casi todas las películas de Marvel suenan exactamente igual. Como explicó el canal Every Frame a Painting hace unos años, gran parte de la culpa la tiene el llamado 'Temp Track' o pista temporal. Cuando se está montando una película, es habitual que el compositor todavía no haya escrito la música. Para que las escenas no queden en silencio y posean algo de ritmo durante el montaje, se usa música de otras películas como referencia provisional. El problema radica en que el director y los productores ven ese mismo montaje tantas veces que se acaban enamorando irremediablemente de esa música provisional. Al enseñarle la película al compositor definitivo, le exigen que haga "exactamente lo mismo, pero sin que suene exactamente igual". De esta forma, el compositor pierde su libertad creativa y termina haciendo una copia más.

Un ejemplo clarísimo de esta evolución sonora se encuentra en las películas de Spider-Man. Al escuchar la banda sonora del Spider-Man del año 2002, obra de Danny Elfman (autor de bandas sonoras como Big Fish o las cintas de Tim Burton), uno puede imaginarse fácilmente a Tobey Maguire columpiándose por Nueva York. Es una música que tiene parte de tragedia, tiene heroísmo y, sobre todo, tiene alma; Elfman construyó una identidad con el sonido. Si avanzamos hasta el Spider-Man encarnado por Tom Holland, descubrimos que, aunque cuenta con su propia banda sonora, la mayor parte del tiempo lo que suena de fondo mientras el personaje pelea es una música genérica y sin identidad.

¿Aún queda esperanza?

Curiosamente, el responsable de que gran parte de la música en el cine haya cambiado es un genio: Hans Zimmer. En el año 2010, Zimmer creó para la película Origen (Inception) una música tan profunda que "le voló la cabeza" a todo el mundo y provocó un efecto dominó en la industria. A partir de entonces, los estudios dejaron de pedir melodías complejas con personalidad y empezaron a querer atmósferas, ritmos repetitivos y graves pronunciados para que la sala de cine temblase. La música ya no tenía que emocionar ni relacionarse con los personajes, solo tenía que impactar.

Incluso la película más taquillera de todos los tiempos, Avatar de James Cameron, sufre de este mal. Aunque el brillante y ya fallecido James Horner (autor de Braveheart) trabajó con la etnomusicóloga Wanda Bryant para estudiar sonidos de tribus indígenas y crear la música de Pandora, el resultado sigue siendo completamente atmosférico y nadie sale del cine silbando el tema principal. Su posterior ausencia en Avatar 2 supuso además un bajonazo de calidad importante.

En el cine, Ludwig Göransson ha demostrado con la banda sonora de El Mandaloriano que todavía se pueden crear leitmotivs icónicos que el gran público reconoce. Aunque las atmósferas tienen su valor para sumergir al espectador, los amantes del cine siguen echando de menos que la música cuente la historia.

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