La comedia romántica que rompió clichés y terminó con el final más ambiguo de la historia
Alesya Makarov
Alesya Makarov
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Digo muchas palabrotas todo el rato (y hago vídeos también de p**** madre).

Sofia Coppola, quien dirigió y escribió la película, se inspiró en sus propias experiencias personales en Japón para darle esta aura de ensoñación y recuerdo, y seguramente en sus propios sentimientos de estar perdida

Focus Features

Nunca una película a base de silencios y miradas dijo tanto como Lost in Translation. El segundo largometraje de Sofia Coppola como directora no es una comedia romántica convencional. Está escrito por ella misma, quien declaró haberse inspirado en sus propias experiencias personales en Japón para darle esta aura de ensoñación y recuerdo, y seguramente en sus propios sentimientos de estar perdida.

Lost in Translation es una película ambigua, sin respuestas claras ni etiquetas. Transforma los clichés del género para acercarse a la melancolía de una manera única. Fue esta apuesta innovadora la que le valió el Oscar a Mejor guion original y lo que le convirtió en un éxito de público y audiencia. Alesya Makarov analiza la película en una nueva pieza de No son como las demás, un formato en el que contamos las historias que hay detrás de nuestras películas favoritas y analizamos qué las hace tan especiales.

Todo comenzó en Tokio cuando Sofia Coppola estaba allí promocionando su primera película, Las vírgenes suicidas, en 1999. Se alojaba en el Park Hyatt Tokyo, ese hotel que más tarde se convertiría en el corazón visual de Lost in Translation, sitio que también enamoró a Sofia por el aura que le transmitía. Entre jet lags, noches sin dormir y ventanales que daban a un mar de luces, empezó a imaginar una historia sobre dos personas atrapadas en esa especie de melancolía romántica que flota cuando te sientes solo, incluso rodeado de gente.

La directora se encontraba en un punto vital en el que no sabía muy bien qué hacer con su futuro y cuando volvió a casa se puso a escribir Lost in Translation, pero a su manera: pequeñas escenas, sensaciones, recuerdos que tenía de su estancia en Tokio. No tenía una estructura ni un esquema detrás. El primer borrador apenas tenía 70 páginas, e incluso muchos diálogos terminaron siendo improvisados en el rodaje. La esencia de toda la película era más tener un espíritu contemplativo, observando Japón, o a los personajes en su soledad. De hecho, las primeras veinte páginas las escribió junto a su hermano, Roman Coppola, durante unos seis meses de escritura intermitente. A Sofía le costó un poco armar la películas al escribir desde fragmentos sueltos, pero juntos consiguieron darle una forma coherente.

Si no está Bill Murray, no hay película

Coppola escribió el guion con Bill Murray en la cabeza y si no le conseguía para el papel no habría película. Así de tajante se lo planteó. Después de casi un año detrás de él, consiguió que el actor dijera 'vale, suena bien...'. No firmó ningún contrato y el primer día de rodaje el equipo estaba cruzando los dedos para que apareciera. Pero Bill Murray apareció como si tal cosa. Al otro lado estaba Scarlett Johansson, que cumplió los 18 años en pleno rodaje. Era joven, pero Coppola confió en ella porque tenía una mezcla de madurez, vulnerabilidad y desconcierto que encajaban en la cinta.

El rodaje en sí parecía una auténtica producción de guerrilla: grabaron con una cámara Aaton ligera, sin permisos, moviéndose por Tokio como si fueran un equipo documental. Usaron luz natural y evitaron al máximo cualquier iluminación artificial, buscando esa textura granulada que hace que la película se sienta como un sueño medio recordado. Y, por si fuera poco, el equipo vivió su propio “lost in translation”: buena parte del staff era japonés y la comunicación resultaba un desafío constante. Las formas de trabajar chocaban. De hecho, al cuarto día el director de localizaciones renunció porque el equipo llegó diez minutos tarde; no por dinero ni por horarios, sino por honor. Su equipo, en señal de respeto, también dimitió. Fue una crisis total, pero Sofia y el resto lograron sentarse, hablar, entenderse y, finalmente, conseguir que todos regresaran al proyecto.

El susurro final

Luego está el famoso susurro final, ese momento que todo el mundo ha intentado descifrar. No sabían cómo hacer la despedida y fue idea de Bill Murray que podía susurrarle al oído, y en la sala de montaje Coppola decidió silenciarlo porque entendió que lo más poderoso no era escuchar lo que decían, sino sentirlo.

El encuentro final conmueve porque no plantea un romance para toda la vida, sino el reconocimiento de que lo que vivieron fue real: dos personas que, en un momento de vulnerabilidad, se entendieron y se sostuvieron cuando todo lo demás fallaba. Esa conexión fugaz pero profunda es lo que importa. De hecho, cuando Sofia Coppola terminó la película, se divorció de Spike Jonze; nunca lo ha confirmado, pero es fácil intuir que parte del guion nace de sentimientos de incomunicación, decepción y fracaso dentro del matrimonio.

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