México siempre ha sido el mejor lugar para rodar un buen western. Durante décadas los mejores directores se trasladaron allí para rodar sus aventuras en el Viejo Oeste. John Sturges, Richard Brooks o, por supuesto, John Wayne, han elegido este país, creando un ecosistema cinematográfico que les recibía con los brazos abiertos.
Sam Peckinpah fue otro de los que se decantó por el país vecino a Estados Unidos y una de sus obras maestras, Grupo Salvaje, dio buena cuenta de varias localizaciones que habían permanecido abandonadas hasta la llegada del equipo de Hollywood. Ellos abarataron costes y el patrimonio mexicano salió reflejado en pantalla.
Esta noche en 'streaming': uno de los tres mejores westerns de todos los tiemposPara ponernos un poco en contexto -aunque no sabemos si realmente es necesario en este caso-, este western figura entre las mejores películas de acción de la historia. Peckinpah fue fundamental para la historia del cine por su innovación en el lenguaje cinematográfico. Entre otras cosas, aportó un montaje revolucionario para la época -con una mayor cantidad de cortes de lo que venía siendo habitual-, transformó por completo la violencia en pantalla grande -brutal y explícita-, y construyó antihéroes moralmente ambiguos.
Warner Bros.
El rodaje de 'Grupo salvaje' en Coahuila
En el documental A Simple Adventure Story: Sam Peckinpah, Mexico & The Wild Bunch se repasa la experiencia rodando la cinta en los años 60. Ahí reflexionan sobre la genialidad de Peckinpah al transformar elementos funcionales, como los arcos de un acueducto, en escenarios con un profundo significado emocional y simbólico.
La Hacienda Ciénega del Carmen (Agua Verde) llevaba abandonado 400 años de antigüedad hasta que llegó el equipo del director y la convirtió en la guardia del General Mapache. En este lugar se filmó el famoso tiroteo final ("Battle of Bloody Porch"), una escena icónica del largometraje y que supone un clímax brillante.
Al llegar el momento de grabarla, Peckinpah no sabía muy bien cómo lo iba a hacer. Tras observar el porche y pedir a todos que salieran para poder pensar, el director tomó la decisión espontánea de utilizar cuatro cámaras de forma simultánea, puestas una al lado de la otra. Grabaron toda la acción desde un ángulo y, tres días después, repitieron el proceso para filmar el plano inverso.
Fue un brutal trabajo en equipo, ya que el asistente de dirección, Cliff Coleman, logró que ningún doble de riesgo fallara sus marcas. Esto hizo que cada impacto de bala encajara a la perfección cuando llegó la hora de editar la cinta. Todo un milagro solo posible por Peckinpah.