Ya hemos superado la mitad del festival de Cannes. Os escribo esto un sábado, o al menos creo que es sábado porque a estas alturas del certamen ya no sé ni qué día es. Las condiciones aquí son extremas: grabo en modo ninja por los parques intentando no darle la tabarra a la gente que duerme al sol, esquivando gaviotas, peleando con el viento para que el micrófono funcione, y buscando cómo enviar los archivos sin wifi. Todo es un lío. Duermo cuatro horas al día, como macarrones a diario y comparto piso con otros cinco hombres adultos; vamos, todo genial, un planazo absoluto. Pero bueno, a lo que venimos: hoy vamos a hablar de El ser querido, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen.
Sorogoyen compite por primera vez en la Sección Oficial del festival de Cannes. Ya estuvo aquí previamente en la sección Premiere con su película anterior, As bestas, una sección que sinceramente es un poco ridícula y rara, inventada para meter más películas que los programadores no consideraban dignas de la sección oficial competitiva. Pero este año por fin está en la principal, sumándose a un año brutal para el cine español. Recordemos que en la Sección Oficial también compiten Pedro Almodóvar con Amarga Navidad y los Javis con La bola negra, además de Aina Clotet con Viva en la Semana de la Crítica.
Ayer pude ver El ser querido y, al salir, pude observar toda la reacción de la prensa. Yo decidí callarme, reposarlo un poco, porque vi claramente que entre la prensa española (mis queridos compañeros y compañeras que están aquí destinados) hubo un 100% de aprobación. A mí me sabe fatal disentir con este entusiasmo generalizado, de verdad, me sabe fatal, pero yo me enfrento a todas las películas no en plan abanderado de mi país, sino analizando con corazón y cabeza. Creo que El ser querido tiene cosas increíbles, de lo mejor que le he visto al director, pero también tiene partes un poco complicadas, erráticas y fallidas por culpa de una experimentación que no acaba de tirar.
La película cuenta cómo un director de cine (Javier Bardem) que lleva 13 años ausente de España, regresa y se reencuentra con su hija (Victoria Luengo), con la que no ha sido un buen padre. Le ofrece ser la protagonista de su nueva película. El tema conceptual me encanta: es el reencuentro y la búsqueda del perdón por parte de un padre defectuoso (ahora director tiránico) y una hija que debe luchar con sus propias emociones para decidir si es capaz de perdonar.
Sorogoyen sale de su zona de confort
Vaya por delante que cualquier cineasta que intenta salirse de su zona de confort y arriesgar tiene todo mi apoyo, y Sorogoyen, que es un director apasionante, lo tiene. Él siempre ha logrado algo muy difícil: enganchar al público y a la crítica con obras como Stockholm, Que Dios nos perdone o El reino. A mí, personalmente, esas películas me costaban un poco en el cómputo global, aunque él tiene un talento tremendo para insuflar un disparo de tensión magistral en cualquier momento, aunando fondo y forma para dejar al espectador asfixiado. Esa perfección para mí la alcanzó en el cine con As bestas, una obra increíble donde llevaba la tensión dramática a la violencia y al terror, rematada con una especie de retrodrama devastador. Ahí llegó a un nivel de control potentísimo. Sin embargo, creo que lo mejor de Sorogoyen hasta la fecha llegó en televisión. Antidisturbios me parece la mejor serie española del siglo, y luego hizo Los años nuevos, donde aplicó esos mismos modelos de puesta en escena asfixiante a un melodrama amoroso a lo largo de diez años, demostrando que no solo se queda en el thriller.
A nivel actoral, la película brilla. La dirección de actores es clave en el cine de Sorogoyen, y aquí demuestra ser un enorme director. Javier Bardem está de otra galaxia, realmente increíble. A Bardem hay que darle todos los premios necesarios (ya ganó el de mejor actor en Cannes por Biutiful, que me parece abominable, pero él tiene esa capacidad de estar alucinante en pelis malas). Victoria Luengo también está increíble, cargando junto a él con todo el peso de la cinta.
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El ser querido tiene secuencias espectaculares. Arranca con una conversación en un bar entre padre e hija que es, repito, de lo mejor que ha hecho Sorogoyen. El diálogo y la puesta en escena son tan espectaculares que me daban ganas de empezar a desglosar los planos. También brilla cuando nos muestra el cine dentro del cine. Hay una secuencia de un rodaje donde una toma no sale y se alarga muchísimo, logrando un nivel de tensión brutal, al nivel del plano fijo del bar en As bestas o de la escena de los petardos en la casa del dealer en Boogie Nights. También hay momentos potentísimos, como ver una secuencia de rodaje sin audio, o detalles sutiles en las miradas de los personajes.
¿Cuál es el problema entonces? Que a Sorogoyen le da por tirarle a la película una parafernalia formal pasada de vueltas. La cinta va experimentando continuamente: usa el color y el blanco y negro sin razón aparente, cambia de formato panorámico a cuadrado, y mezcla sonidos directos diegéticos y extradiegéticos. Viendo la película, yo trataba de buscarle un sentido a todo esto, hasta que dije: "Ya está bien, esto es una chorrada". Quizá en la cabeza del director tenga un sentido absoluto, pero como espectador me parece un capricho de autor. Está probando cosas a lo Fellini o a lo Bergman (incluso cita sus referentes en la peli), explorando las posibilidades del lenguaje para darle fuerza al drama, pero no funciona. Me descompensa la película, porque hace que no se sostenga como obra global, sino solo por el peso de cada secuencia potente individual. Se me descuajeringa.