Hay películas que nacen para conquistar la taquilla. Otras, para satisfacer a los críticos. Y luego están aquellas que parecen existir únicamente para cumplir el sueño pendiente de toda una generación. He-Man y los Masters del Universo pertenece a esta última categoría. Contra todo pronóstico, después de décadas de desarrollo infernal, cambios de estudio, guionistas, directores y protagonistas potenciales, la aventura definitiva de Eternia ha llegado por fin a los cines. Y lo ha hecho convertida en una de las superproducciones más divertidas, descaradas y emocionantes de los últimos años. Conviene recordar de dónde viene todo esto. Antes de ser una franquicia multimedia, todo nació a raiz del tremendo éxito en los 80 de unas figuras de acción de Mattel. Después llegó la mítica serie de animación de Filmation que marcó a fuego a millones de niños durante los años ochenta. El fenómeno era tan grande que parecía inevitable su salto al cine.
El primer intento llegó en 1987 de la mano de la legendaria productora Cannon Films, dirigida por los productores israelíes Menahem Golan y Yoram Globus. Aquella adaptación protagonizada por Dolph Lundgren ha terminado convirtiéndose en un clásico de culto, pero fue un desastre económico. Su escasa fidelidad al material original, las limitaciones presupuestarias y unos costes de producción descontrolados acabaron contribuyendo al hundimiento de la compañía. Durante décadas fue el ejemplo perfecto de cómo no adaptar a He-Man.
Lo que vino después fue todavía más accidentado. El proyecto pasó por innumerables despachos de Hollywood, acumulando borradores, estudios y cambios de rumbo. Nombres como el de los hermanos Nee o el de David S. Goyer estuvieron vinculados a la dirección, mientras que actores como Noah Centineo o Kellan Lutz llegaron a sonar con fuerza para interpretar al príncipe Adam. Parecía otro de esos proyectos malditos condenados a no existir jamás, hasta que apareció Travis Knight. El director de Bumblebee asumió el reto junto a Chris Butler, responsable del guion y colaborador habitual suyo desde los tiempos de Laika. Ambos comprendieron algo esencial: intentar hacer una adaptación solemne de Masters del Universo era un error. Había que abrazar la esencia 'pulp', colorista y absolutamente excesiva de la franquicia.
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Las declaraciones promocionales de Knight y Butler insistían en lo complicado que resultaba realizar una película para espectadores que hoy superan los cuarenta años sin excluir a las nuevas generaciones. El resultado demuestra que entendieron perfectamente el encargo. Los primeros tráilers ya habían disparado el 'hype' hasta niveles estratosféricos gracias a una estética que parecía extraída directamente de los recuerdos colectivos de quienes crecieron en los ochenta, jugaban con esas musculosas figuras de acción o desayunaban con las aventuras de He-Man y los suyos en la televisión. Lo extraordinario es que la película está a la altura de esa expectativa generada en los avances.
Sorteamos 25 entradas dobles para ver 'He-Man y los Masters del Universo' en el cineEl guión de Butler sabe exactamente plasmar qué esperan los seguidores de la franquicia y qué demanda el público actual de los grandes 'blockbusters'. Nunca se toma demasiado en serio a sí mismo, pero tampoco cae en la parodia fácil. Consigue ser épica, emotiva y ridículamente divertida al mismo tiempo. Es fascinante ese equilibrio entre respeto al material original y voluntad de diversión desenfadada: la mayoría de los chistes funcionan (Es como Aterriza como puedas pero con espadas y naves espaciales), pero también tiene momentos realmente emocionantes. Es como si el meme permanente en el que se convirtió la serie animada durante años hubiera encontrado finalmente su traducción cinematográfica. La película entiende que He-Man siempre tuvo algo de glorioso disparate y decide celebrarlo en lugar de esconderlo.
A ello contribuye un reparto que parece haberse contagiado del espíritu juguetón de la propuesta. Gran acierto el de Nicholas Galitzine (protagonista del éxito de Prime Video Rojo, blanco y sangre azul), que cumple con solvencia como Adam, pero quien roba cada escena es Jared Leto. Su Skeletor es una interpretación absolutamente desatada, excesiva, majadera y maravillosa. Probablemente la mejor actuación de toda su carrera. Es como si el vocalista de Thirty Seconds to Mars hubiera encontrado al fin el personaje perfecto para canalizar todos sus excesos interpretativos, sin necesidad de mostrar su rostro. Es uno de los grandes aciertos de la película gracias a una energía tan caricaturesca como detestable. Y luego está Idris Elba, porque el actor británico siempre aporta: da igual el género, el tono o la franquicia. Su sola presencia eleva cualquier secuencia en la que aparece, aportando carisma, autoridad y humanidad. Pero quizá la mayor victoria del filme sea visual. Knight construye una Eternia gigantesca, vibrante y espectacular. A diferencia de la versión de 1987, aquí aparecen prácticamente todos los personajes que los aficionados recuerdan de los juguetes y la serie animada. Para los fans es simplemente un festín.
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Mención aparte, merece la banda sonora compuesta por Brian May que es una auténtica barbaridad. Una ópera rock espacial que remite constantemente al espíritu de Flash Gordon, abrazando sin complejos la grandilocuencia y el exceso. Hay momentos en los que parece que Queen hubiera decidido componer los compases de guitarra eléctrica definitivos para Eternia. A ello se suma una inspirada selección de canciones de los años 80 y 90 que acompañan perfectamente el desarrollo de la aventura (hay una escena con el What's Up de los 4 Non Blondes que es para levantarse y aplaudir). Por supuesto, también hay espacio para los cameos: algunos provocarán gran regocijo espontáneo entre los espectadores. Y no es una exageración. En el pase de prensa donde pudimos verla ocurrió algo extraordinariamente infrecuente: compañeros de profesión riendo a carcajadas y aplaudiendo durante varias secuencias. No recuerdo haber vivido algo parecido en mucho tiempo. Esas cosas sólo suceden en Sitges.
Quizá el único elemento verdaderamente triste de todo esto sea que He-Man y los Masters del Universo nace siendo una película relativamente de nicho. Por mucho que cuente con un presupuesto y una escala de ‘blockbuster’, buena parte de su impacto emocional está dirigido a quienes nacieron a finales de los setenta y durante los ochenta. Es una carta de amor gigantesca a esa generación que creció jugando con figuras de acción, viendo dibujos animados después del colegio y soñando con blandir la Espada del Poder. Pero precisamente por eso resulta tan especial en un panorama dominado por secuelas, 'reboots' y franquicias de lo más insustancial.
En una época en la que muchas superproducciones parecen diseñadas por algoritmos, He-Man y los Masters del Universo transmite la sensación de haber sido realizada por personas que realmente aman aquello que están adaptando. Es imperfecta, excesiva, ruidosa, ridícula y maravillosa. Y además tiene un mensaje subyacente en contra de la invasión por la fuerza de naciones extranjeras, muy necesario a día de hoy. Es exactamente como debía ser: el 'blockbuster' que necesitaba toda una generación. Hay que felicitar a Sony Pictures y Amazon MGM por apostar por una producción tan valiente, tan poco cínica y tan orgullosa de sus raíces. Tras décadas de intentos fallidos, Eternia por fin ha encontrado la adaptación que merecía.