Confieso que hoy tengo los neurotransmisores flaqueando y ya no transmiten demasiado bien. Pero la ocasión lo merece. Ha vuelto un fijo de este certamen, un auténtico titán de la dramaturgia y el cine contemporáneo que cada vez que pisa estos canales acaba enfilando el camino directo hacia los Óscar: Martin McDonagh. El querido Marty ha desembarcado con su quinto y esperadísimo largometraje, Wild Horse Nine, y yo, que soy muy de perderme por la sala de Arsenale, me he plantado en la Sala Grande para vivir esta experiencia en pantalla gigante. Qué viaje, de verdad. Qué maldito viaje.
Para los que amáis el cine con mayúsculas, sabéis bien de quién hablamos. Nacido en Londres en 1970, McDonagh es un autor que viene del teatro, un dramaturgo impecable que esculpe sus obras con un pulso de hierro. Su filmografía es de las que quitan el hipo: arrancó en 2008 con esa obra maestra absoluta y de culto que es Escondidos en Brujas; siguió en 2012 con la desbocada Siete psicópatas; nos rompió los esquemas en 2017 con Tres anuncios en las afueras —que se llevó dos Óscar para Frances McDormand y Sam Rockwell, perdiendo mejor película frente a La forma del agua—; y nos enamoró en 2022 con Almas en pena de Inisherin. Ahora, con Wild Horse Nine, McDonagh nos vuelve a meter en su particular centrifugadora de humor negro y contradicciones humanas.
¿De qué va 'Wild Horse Nine', la película que ha recibido 13 minutos de ovación?
El arranque de la película es una declaración de intenciones monumental. Nos lanza imágenes documentales de Salvador Allende ganando democráticamente las elecciones en Chile, mecido por la bellísima y dolorosa música de Violeta Parra en los créditos iniciales. Lo que nos cuenta es la historia de dos agentes de la CIA implicados en las operaciones encubiertas que desestabilizaron el gobierno democrático chileno y desembocaron en el sangriento golpe de estado del general Pinochet, con su posterior represión brutal. Pero en lugar de quedarnos en los despachos de Washington, McDonagh da un volantazo genial: estos dos hombres deciden tomarse una especie de vacaciones, un viaje de despedida, y se marchan a la Isla de Pascua. Sí, la isla de los moáis, de las cabezas gigantes, lo que da pie a un sinfín de chistes desternillantes sobre cabezas de piedra.
El personaje central, interpretado por un John Malkovich inconmensurable, es un viejo agente de la CIA implicado en mil operaciones ilegales de contraespionaje de los años sesenta —incluyendo el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, con el que se insinúa su relación—. Está enfermo, se está muriendo, y decide pasar sus últimos días en este rincón del pacífico acompañado por su compañero, encarnado por un Sam Rockwell soberbio. Hay una conexión evidente con Escondidos en Brujas: allí eran dos gánsteres obligados a perder el tiempo en una ciudad medieval; aquí son dos asesinos despiadados, dos tipos moralmente despreciables, varados en la Isla de Pascua esperando a que ocurra algo en un tono profundamente crepuscular. De hecho, igual que en Almas en pena de Inisherin, son dos amigos sosteniendo todo el peso dramático de la cinta.
20th Century Fox
Aquí explota la genialidad de McDonagh como escritor. ¿Cómo es posible hacer humor con un trasfondo tan terrorífico como el golpe de Chile? Pues Marty lo hace. Durante la proyección, la sala se caía de la risa. Las situaciones son desternillantes y los diálogos son cuchillos afilados. Pero ojo: no hay frivolidad. La risa surge de la distancia irónica que el director interpone entre nosotros y estos personajes antipáticos. Nos reímos de su torpeza. Pero cuando la película se pone seria, se te hiela la sangre. Hay una escena sobrecogedora en la que Malkovich habla con unas jóvenes activistas y les describe lo que les va a suceder bajo la dictadura de Pinochet. Ahí no hay ironía. Ahí es donde McDonagh demuestra cómo se hace cine político de verdad: sin panfletos, sin dar la chapa. Es pura inteligencia al servicio de la narración, tejiendo un paralelismo brillante e inquietante con las políticas de nuestro presente, al estilo de lo que hacía Paul Thomas Anderson: hablar del pasado para comprender el ahora.
Y qué actuaciones. Malkovich nos regala una de las mejores interpretaciones de toda su carrera. Impone en pantalla como si fuera un vaquero crepuscular al estilo de William Munny en Sin perdón. Es un asesino en sus últimos momentos de vida, cargando con una tristeza infinita, marcado por un laconismo y un principio de demencia senil que genera zonas de humor negro fabulosas. A través de sus reflexiones sobre lo que fue su vida y el mundo de los sesenta, consigue que empatices con un monstruo. Sam Rockwell es el contrapunto perfecto, Steve Buscemi está delirante como el hiperbólico jefe de la CIA, y ojo al cameo de Tom Waits en Monument Valley, un momento fordiano bellísimo que es pura poesía cinematográfica.
En conclusión, una película divertidísima, amarga, inteligentísima y rabiosamente política.