Pocas personas pueden vanagloriarse de que sus dos primeras películas, el mismo año, compitieron en el Festival de San Sebastián. Sin embargo, para Antonio Banderas fue así: en 1982, la Sección Oficial presentó Laberinto de pasiones, la segunda película de Pedro Almodóvar tras Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón... y poco después lo hizo en Nuevos Directores Pestañas Postizas, de Enrique Belloch. No hace falta ni decir cuál de las dos ha pasado a la historia del cine.
Laberinto de Antonios
Pedro Almodóvar conoció a Banderas tras una función de teatro en el Centro Dramático Nacional y le entregó el guion directamente, en su camerino, preguntándole si quería hacer la película. Aunque cualquiera hubiera aceptado, el malagueño se lo pensó, porque el guion era demasiado transgresor y tenía miedo de qué pensaría su familia al verle en tono íntimo con Imanol Arias, su pareja en la ficción. Acabó aceptando, claro, y todos sus temores acabaron haciéndose realidad.
En su estreno en el Festival de Donosti, todo el mundo se tiró de los pelos hace 44 años al ver a un homosexual teniendo una relación sentimental. El público se salía de la sala, otros gritaban, otros se morían de la risa... Un torbellino de emociones bárbaro que permitió a Banderas convertirse en una de las cabezas de lanza de una nueva cultura española, además de ser uno de los actores fetiches de Almodóvar.
De Pestañas Postizas, que estrenó ese mismo año, nadie se acuerda muy bien, pero mientras el actor aparente odiarla, su director afirma que eso es imposible, que todas las noches salían juntos a beber y reír. Supongo que la vida se ve diferente ahora que es un actor de Hollywood puro y duro, que no ha vuelto a hacer cine español desde que en 2019 lo ganara todo gracias a Dolor y gloria. Porque todo empieza y termina con Pedro.