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    La secuela de 'Wall Street' cae en la bancarrota.
    15 may. 2010 a las 13:39

    Oliver Stone aburre a las masas con su última película mientras que el cine rumano continúa ofreciendo sus más exquisitas formas. Por otro lado, debutamos en la Quincena de realizadores.

    Cinco es el número de Cannes. O al menos, nuestro número particular para el festival. Cinco son las películas que nos vemos diariamente. Cinco son las horas que dormimos. Cinco son los cafés que nos tomamos para devolver la electricidad al cuerpo. Cinco los periodistas del equipo de AlloCine Internacional que compartimos piso. Pienso en números para no tener que pensar en otra cosa (aún no he enloquecido) y es que madrugar hoy ha sido algo más duro que de costumbre al tener que aguantar con todo el estoicismo que viene agregado a mi ADN la secuela del clásico de los ochenta 'Wall Street' que ha vuelto a firmar el cineasta norteamericano Oliver Stone.




    Josh Brolin, presente en Cannes con dos películas (Stone y Allen), en la rueda de prensa


    Las cosas claras: nadie esperaba mucho de 'Wall Street: El dinero nunca duerme', primero, porque el proyecto jamás tuvo buena pinta y, segundo, porque la última película interesante de Stone data de hace más de diez años ('Un Domingo cualquiera') y, la última buena, prácticamente veinte ('JFK: caso abierto'). La película sigue el mismo modelo que su precedente, la relación paterno-filial de carácter fáustico que se establece entre Gordon Dekko (Michael Douglas) y el joven novio de la hija de este al que da vida el popular Shia LaBeouf. La excusa le sirve a Stone para dar un palo al capitalismo compulsivo (sin conseguirlo: el film parece una égloga a la cultura del pelotazo) y a los grandes banqueros-estafadores a los que retrata con los mismos matices que un taburete de IKEA. Posiblemente el problema más gordo surja de la ineficacia de Stone para poner en imágenes un guión deplorable: si esta última década el cineasta ha ido haciendo patente su apatía a la hora de poner en escena sus productos fílmicos, en su regreso al mainstream con apariencia de blockbuster se le ve absolutamente perdido: falto de ritmo, estilo y coherencia. Para colmo la película es interminable: ciento cuarenta minutos de sufrimiento y aturdimiento con un cierre moralista tan improbable como vergonzante. Muy mal, muy mal, muy mal.



    Nada que ver con otra nueva muestra de gran cine rumano: 'Aurora' de Cristi Puiu (recordemos: firmante de esa magnífica película llamada 'La muerte del señor Lazarescu'). Película exigente y de ritmo pausado –ojo: tres horas de duración que se entiende mejor como una impostura artística como la propia necesidad del relato-, sigue los pasos de un hombre tan perturbado como silencioso en un quehacer diario anodino que poco a poco se va enturbiando hacia terrenos mucho más violentos (pero igualmente austeros). Filmada con una fluidez exquisita y sin dar ningún tipo de agarre argumental al espectador -la abrumadora secuencia final donde se verbaliza la acción es tan esclarecedora como brillante- la película viaja por debajo de su precedente pero posee la suficiente calidad como para reivindicarla de forma unánime. Por cierto: tiene un aire a la película de Jaime Rosales, 'Las Horas del dia', por otra parte, lo único decente que ha filmado el realizador catalán.



    La alfombra roja luce bien rara a las 7.30h de la mañana


    Cambiamos de tercio y saltamos a la Quincena de Realizadores. Si habitualmente ese era el lugar donde descubrir nuevos talentos y/o los productos más arriesgados o de vanguardia, al parecer el cambio en la dirección de este año -al gran Olivier Père le ha sustituido Frédéric Boyer- ha vuelto mucho más conservadora la selección de películas, el 50% de ellas óperas primas (algo extraño porque ya existe una sección ad hoc para ello: la Semana de la Crítica). Las voces de los compañeros que nos llegaban eran escalofriantes, así que decidimos acercarnos y vivir la experiencia en vivo y sin epidural que valga. La película elegida, 'Un poison violent', de la joven directora francesa Katell Quillévéré, está lejos de ser un producto descartable pero sí que es cierto que peca de cierto adocenamiento de qualité que no viene a descubrir nada nuevo en los tiempos que corren. Esta historia del despertar sexual y religioso de una joven de catorce años en la campiña francesa bascula entre el acierto emocional de algunos momentos -la relación entre los dos jóvenes o entre ella y su abuelo- y otros tantos picos dramáticos ciertamente exagerados o denostadamente cómicos.

    Música de fondo: Baaba Maal


    Alejandro G.Calvo
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