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    Philip Seymour Hoffman, a modo de necrológica
    3 feb. 2014 a las 9:05

    El actor neoyorquino, fallecido ayer a los 46 años, fue un intérprete insobornable. Un hombre que hizo de todo y que todo lo hizo bien. Su pérdida es una tragedia para el cine.

    Es cierto que ya llamaba la atención su presencia , aunque fugaz, en películas como Twister (1996), Boogie Nights (1997) e, incluso, El gran Lebowski (1998). Pero la primera vez que Philip Seymour Hoffman (Nueva York, 1967) realmente cazó todas nuestras miradas fue en la brutal Happiness (1998) de Todd Solondz. Crónica amarga de una sociedad poblada de seres marginales abocados a todo tipo de actitudes de lo más bizarro -el personaje de Hoffman era un pervertido al que le gustaba realizar llamadas telefónicas a mujeres para luego masturbarse mientras las insultaba-, este hit indie, premiado en Cannes con el premio FIPRESCI, raspaba como un poliedro necrótico, y en él Hoffman se erigía como un actor kamikaze, que mientras imponía su físico (tan particular) en la pantalla barajaba a través de distintas capas de intensidad, del mutismo incomunicativo a la agresión verbal, un carácter superlativo.

    Hoffman supo calzarse a su medida todo tipo de seres marginales -el gay que daba clases de piano en Nadie es perfecto (1999), el hombre herido que trataba de superar el suicido de su mujer en Con amor, Liza (2002), el colega que trata de abrazar a su amigo de la infancia a punto de ir a prisión en La última noche (2002)-, dotando de una sensibilidad inusitada a cada personaje, siempre controlando al mínimo detalle cada gesto, cada mirada, cada palabra dicha. A su manera, era un maestro del melodrama -aunque también supo coquetear con aguerridos personajes satíricos, como el villano de Punch-Drunk-Love (2002) o el side-kick de Ben Stiller en la romántica Y entonces llegó ella (2004)-, dado que no tenía el porte de un galán clásico, lo suyo era regurgitar el interior de personajes incómodos, convirtiéndolos en seres con los que el público pudiera conectar, incluso llegar a querer. El mejor ejemplo de ello y, probablemente, su mejor interpretación junto al líder sectario de The Master (2013), es el del enfermero Phil de Magnolia (1999) -no por casualidad, todas ellas de Paul Thomas Anderson-. La ternura que emana dicho personaje en una película dominada por todo tipo de sátiros, siempre a la vera de la cama del monstruo devorado por el cáncer que encarnaba Jason Robards, era el único asidero a la esperanza que le quedaba al espectador, el verdadero gesto amable, contenido, sensible, en una película que estallaba continuamente en todo tipo de volcanes dramáticos.

    Está claro que Hoffman patrulló el cine indie a sus anchas. Normal que la única película que firmó como director, la emotiva historia de amor de Jack Goes Boating (2010) -no se llegó a estrenar en nuestro país, vayan ustedes a saber porqué- también se anclara bajo dicho canon. Pero nunca desdeñó el mainstream más taquillero, aportando buenas dosis de sorna y savoir-fare ya fuera como el megalomaníaco archivillano de Mission: Impossible 3 (2006), ese soberbio roba-planos de la anodina La guerra de Charlie Wilson (2007) o, más recientemente, Plutarch Habensbee en Los juegos del hambre: En llamas (2013). Aunque el espectador fiel siempre preferirá recordarlo por su entrega sin límites en ese cine outsider sublime que dio títulos como Antes que el diablo sepa que has muerto (2007), el meta-narrador de Synecdoche, New York (2008) o, permítanme repetirlo, en ese aterrador y mefistofélico devorador de almas al que dio vida en esa obra maestra llamada The Master (2012).

    Muchos títulos, muchos personajes. Aunque todo ello se podría resumir en una sola aseveración: Philip Seymour Hoffman era un actor único, ya no sólo a la hora de escoger papeles -ojalá siempre los buenos actores tuvieran también buen olfato- sino a la hora de bordar todo aquello que se propuso. No encuentro en su carrera ninguna interpretación que fuera desdeñable, ningún papel que pudiera haber esquivado. Por eso es tan dolorosa su muerte, porque los únicos personajes que le vamos a echar en falta son aquellos a los que su temprana muerte le ha negado la oportunidad de darles vida. Morir a los 47 años es una tragedia terrible. En el caso de Philip Seymour Hoffman, dicha tragedia es colectiva.

    Alejandro G.Calvo

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