Hacía tiempo que no me gustaba algo de Tim Burton, y por eso me sorprendió para bien. No creo que sea una de sus grandes películas, ni que esté al nivel de sus obras más redondas, pero sí me devolvió algo que echaba de menos: ese placer por lo gótico, por lo raro, por los personajes desubicados y por una comicidad macabra que no necesita pedir permiso. La vi como una tontería elegante, colorida y oscura, pero con encanto. Y a mí ese Burton me funciona mucho mejor que el Burton más automático o decorativo.
Lo que más me gustó fue el tono. No intenta ser terror de verdad, ni drama familiar profundo, ni comedia pura. Es una mezcla rara, a ratos irregular, pero simpática: un vampiro del siglo XVIII despertando en los años setenta, una mansión decadente, una familia venida a menos, una bruja despechada, humor absurdo, romanticismo negro y estética de cuento maldito. Esa combinación podía salir fatal, pero tiene suficiente personalidad para que el viaje resulte agradable. Hay escenas que parecen hechas solo para disfrutar del choque entre lo antiguo y lo moderno, entre el melodrama gótico y la cultura pop.
Johnny Depp está muy cómodo como Barnabas Collins. Es uno de esos personajes que parecen diseñados para él: educado, trágico, ridículo, teatral, peligroso y perdido en un mundo que ya no entiende. A veces la interpretación roza demasiado el gesto y la pose, pero aquí encaja con el juego. Me hizo gracia verlo reaccionar ante la televisión, la música, los coches o las costumbres modernas como si todo fuera una aberración incomprensible. Esa parte de pez fuera del agua es, probablemente, lo más divertido de la película.
También ayuda mucho la familia. Michelle Pfeiffer aporta elegancia y autoridad; Helena Bonham Carter aparece con ese punto excéntrico que pertenece totalmente al universo Burton; Eva Green se lo pasa en grande como una villana excesiva, sensual, venenosa y rota por dentro. El reparto entiende el tono, y eso es importante, porque una película así se hunde si los actores no aceptan el disparate. Nadie parece estar en una obra realista: todos funcionan como piezas de una casa encantada, medio cómica y medio podrida.
La estética es otro de sus grandes atractivos. La mansión, los colores, los vestuarios, los maquillajes, la música y esa mezcla entre oscuridad victoriana y años setenta tienen mucho encanto. Se nota el gusto visual de Burton incluso cuando la historia no está del todo afinada. Hay planos, detalles y ambientes que compensan algunas debilidades del guion. No es una película perfecta narrativamente, pero visualmente tiene vida, y eso ya es bastante más de lo que encontraba en parte de su cine más reciente.
El problema es que la historia no siempre sabe qué quiere ser. A ratos parece una comedia de choque cultural, a ratos una historia de maldiciones y amores imposibles, a ratos una sátira familiar, a ratos una aventura sobrenatural. Esa dispersión hace que algunas subtramas queden flojas y que ciertos personajes no tengan todo el peso que prometían. Se disfruta más por escenas, por ambiente y por momentos sueltos que por la fuerza del conjunto. Cuando quiere ponerse más intensa o cerrar demasiadas cosas a la vez, pierde algo de gracia.
Aun así, me lo pasé bien. Me hizo sonreír, me gustó su mundo, me gustó su rareza y me gustó reencontrarme con un Burton juguetón, aunque no esté en su mejor versión. Tiene humor, tiene estética, tiene personajes con presencia y tiene esa melancolía absurda de los monstruos que no saben en qué época les ha tocado vivir. No es una obra maestra, pero tampoco me parece el desastre que algunos vieron en ella. Para mí fue una película agradable, gótica y divertida.
Al final, me queda como una rareza imperfecta pero disfrutable. Una comedia sobrenatural con aroma de cuento oscuro, con un vampiro aristocrático completamente fuera de lugar y con un Burton que, por momentos, parece volver a pasárselo bien jugando con sus juguetes favoritos: mansiones, maldiciones, maquillaje pálido, familias extrañas, humor negro y amores imposibles. Quizá le falta más foco y más mala leche, pero tiene suficiente encanto para que la recuerde con cariño. Y eso, viniendo de una etapa en la que Burton llevaba tiempo sin convencerme, ya me parece bastante.