Cementerio de animales parte de uno de los grandes textos de Stephen King. Y eso ya es un problema para cualquier adaptación, porque la novela no funciona solo por su premisa macabra, sino por algo mucho más profundo: el duelo, la culpa, el deseo imposible de deshacer la muerte y esa idea terrible de que hay puertas que jamás deberían abrirse. Leída de adolescente, puede quedarse clavada precisamente por eso: porque no habla solo de sustos, habla de una tentación humana brutal.
La versión de 2019 tiene elementos que funcionan. Está correctamente rodada, cuenta con un reparto sólido y consigue cierta atmósfera sombría. Jason Clarke, Amy Seimetz y John Lithgow aportan oficio, y hay momentos en los que la película roza esa sensación malsana que debería envolverlo todo. El problema es que solo la roza. En una historia como esta, el ambiente debería pesar como una losa, el cementerio debería dar auténtica desazón y cada decisión de los personajes debería sentirse como un paso hacia algo inevitable y espantoso. Aquí, muchas veces, todo parece más mecánico.
La película se deja ver, pero rara vez golpea de verdad. Tiene sustos, tiene oscuridad, tiene algún cambio respecto al material conocido y busca actualizar la historia para que no sea una simple repetición. Pero al intentar ser eficaz como película de terror moderna, pierde parte de la tristeza y de la fatalidad de King. Lo que en la novela es casi una infección moral, una bajada lenta hacia lo imperdonable, aquí acaba pareciendo demasiadas veces una sucesión de escenas de género más o menos bien colocadas.
También pesa que el origen del terror no impresione tanto como debería. La idea del lugar prohibido, de la tierra maldita, de lo que vuelve cambiado, tiene una fuerza enorme. Pero la película no siempre sabe dejar que esa idea respire. Mete música, efectos, sobresaltos y decisiones visuales que a veces sustituyen la inquietud por el recurso fácil. Y eso es una pena, porque Cementerio de animales no necesita gritar para dar miedo. Debería bastarle con susurrar desde el bosque.
No todo está perdido. Hay imágenes eficaces, una tristeza de fondo que asoma de vez en cuando y algún tramo que sí entiende que esta historia va más de dolor que de monstruos. Pero la película nunca alcanza la grandeza oscura del libro. Se queda en una adaptación aceptable, digna por momentos, pero demasiado convencional para una historia que pedía más veneno, más desesperación y más malestar.
Para quien no conozca la novela, puede funcionar como una película de terror correcta. Para quien leyó el libro y lo sintió como una de las obras más perturbadoras de Stephen King, se queda corta. Muy corta. No traiciona del todo la idea, pero tampoco consigue devolverla con la fuerza que merecía.