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    Después de la tormenta
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    Después de la tormenta

    Después de la Tormenta

    por Carlos Losilla

    Las primeras películas de Hirokazu Koreeda, entre finales de los años 80 y principios de este siglo, parecían dar a luz a un cineasta curioso, inquieto, que se movía entre géneros y registros con absoluta naturalidad. Su mirada documental, así como su sensibilidad para transformar ideas trascendentes en narrativas simples y despojadas, acabaron produciendo un puñado de películas diversas entre sí, pero a la vez dotadas de un hálito común, de una elegante distinción que las hermanaba. Tanto la descarnada Maboroshi (1995) como la insólita After Life (1998), por ejemplo, compartían una visión de la vida fatalista pero finalmente esperanzada, que se traducía en fábulas a medio camino entre una delicada sofisticación y una crudeza conceptual a veces en el límite, como demostró sobre todo Nadie sabe (2004), crónica feroz y descarnada de la soledad infantil, donde Koreeda confluía con François Truffaut en una película tan desgarrada como luminosa.

    A partir de ese momento, y sobre todo tras la encrucijada que suponen trabajos tan distintos como Still Walking (2008) y Air Doll (2009), el cine de Koreeda se concentra en un estilo siempre idéntico a sí mismo, una visión de la familia y los niños a medio camino entre la crónica realista y la comedia de costumbres, como si se tratara de un discípulo menor de Yasujiro Ozu. Milagro (2011) supuso el inicio de ese trayecto, y películas posteriores como De tal padre, tal hijo (2014) y Nuestra hermana pequeña (2015) son, en este sentido, el antecedente directo de Después de la tormenta, no precisamente su mejor intento al respecto pero tampoco deudora de la impostación caricaturesca que de vez en cuando se apodera de las situaciones que crea. En efecto, esta última película de Koreeda no alcanza el delicado equilibrio de la anterior, Nuestra hermana pequeña, que lograba sintetizar en un unos cuantos personajes todo un microcosmos, toda una visión estoica de la vida, pero la distancia que sabe guardar entre la sutileza de su humor y la crudeza de los motivos que aborda la convierte en una bonita pièce de résistance.

    Un padre fracasado pero con ganas de retomar su vida familiar, su arisca ex mujer y su complaciente madre forman un triángulo que, a raíz de un inesperado azar en forma de tormenta, se verá obligado a compartir la noche alrededor de su hija y nieta, respectivamente, que actúa como eje vertebrador de una catarsis filmada en un astuto tono de comedia. Koreeda alterna aciertos y chirridos sin solución de continuidad, consigue transmitir emociones genuinas tras haber recurrido a las fórmulas más manidas y convencionales y viceversa. Y aunque parece que lleva varios años en busca de una puesta en escena capaz de admitir variaciones infinitas en torno a los mismos temas, muestra síntomas de agotamiento impropios  de un cineasta tan experimentado: la abuela, a veces, parece apoderarse de la ficción en pos de un humor facilón y chocarrero, mientras que la exploración de las relaciones entre la pareja no agota los matices que sería de desear. Sea como fuere, no obstante, habrá que preguntarse, a la vista de esta película, si el microcosmos que quiere conseguir Koreeda título a título no irá más allá de cada uno de ellos, no buscará más –en el fondo— la perfección del detalle que la coherencia del conjunto.


    A favor:
     se trata de una pieza claustrofóbica pero no por ello carente de vitalidad y humor.

    En contra: a veces esas mismas características se vuelven en su contra, la convierten en una película demasiado feliz consigo misma.



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