Es para perder la fe.
Otra caminata por los terrenos que tanto tiempo se llevan explorando. Lo hace con la misma estrategia de siempre: romper las reglas establecidas como estándar base del género. El problema es que esa tendencia rebelde la comienzo a ver como otra regla más, no como algo novedoso, aunque siempre vayan cambiando en el fondo y la crítica tenga bases distintas.
Me funciona con fuerza la estética de traje viejo en los slashers. Me interesa cuando una franquicia no intenta borrar su pasado, sino que lo incorpora visualmente. Cuando sus iconos relevantes --la máscara de Ghostface, por ejemplo-- muestran desgaste, historia y uso. Ese envejecimiento gana identidad, convierte a un personaje en historia. Esa sensación la experimenté por primera vez con el primer slasher que vi en mi vida, 'Chucky'. Me fascinó esa idea.
En paralelo, noto que la violencia adquiere tonos más gores y sangrientos, cosa que agradezco. No por morbo, sino por coherencia con lo que el slasher puede ser cuando no se autocensura: una forma de violencia explícita, física, casi exagerada --pero no demasiado--, que no se quede solo en la intuición. Porque para qué mentir, cuando las muertes no se ven en plano para evitar visuales gráficas y no por efectos, personalmente me fastidia, porque si algo caracteriza este tipo de filmes, es su agresividad.
Sin embargo, esa intensidad no es equivalente a eficacia. A medida que su historia avanza, las secuencias de acción oscilan entre dos extremos: o bien son más brutales e impactantes, o bien caen en una especie de absurdez que rompe la suspensión de la incredulidad. Hay momentos en los que la puesta en escena, por ejemplo en espacios cerrados como la tienda, funcionan visualmente, pero se desinfla en su lógica interna y en cómo se construye la tensión en esos espacios.
Vuelve a existir esa desobediencia a la autoridad. Personajes que, en situaciones críticas, deciden ignorar cualquier mínima orden institucional para avanzar hacia el peligro como si el entorno no tuviera consecuencias reales. Recurso quemado en el cine y que detesto con toda mi alma. Que un policía le diga a una personaje: "Eres sospechosa, has de quedarte aquí para hacerte preguntas". Y la personaje le responda: "Sí anda, nos vamos.", y se vaya sin que el policía la detenga, me parece tremendo.
Es innegable la inclusión en el reparto. Es imposible no darse cuenta y más tonto aún sería negarlo. En las anteriores sí que había gente de raza negra, en especial, los camarógrafos de Courteney. Pero entramos en la etapa de incluir a cualquiera, sobre todo en estos últimos años. Ahora hay personas de rasgos asiáticos y otras de orientación sexual que no sea la heterosexualidad. Yo no tengo ningún problema con eso, vida la diversidad, claro. Pero la cultura woke se ve reflejada más que nunca. Aquí sí que me da un poco más igual porque no me altera el pasado, como ocurre con 'Blancanieves', pero aquí, que los personajes cambian constantemente, no me importa.
La fatiga narrativa cada vez afecta más. La quinta parte, aunque no me gustara mucho, se sentía más ágil y más ligera. En esta sexta parte, todo se me ralentiza hasta provocarme aburrimiento. No porque ocurra poca cosa, la densidad del guion está bien: ni demasiados líos ni vacío narrativo. Es más bien porque lo que ocurre no tiene el suficiente peso dramático. Muchas escenas las siento de relleno, superficiales. No cuentan nada.
Decisiones puntuales casi caricaturescas en su lógica de acción, que rompen completamente la escena. Situaciones donde la conducta de los personajes no responde a ningún tipo de lógica coherente, sino a una necesidad de encajar en un set piece predefinido. Hay un momento muy absurdo en el que alguien con una pistola, en lugar disparar directamente desde la distancia al otro personaje, corre hacia delante como si el arma fuera un cuchillo. Estuve a punto de quitar la película.
'Scream VI' se mueve cansinamente entre la autoconciencia y el agotamiento. Entre el deseo de seguir jugando con las reglas del slasher y la sensación de que ya han sido exprimidas al límite. Es una experiencia más discutible y desagradable que estimulante.