El personaje de Vicky Luengo cae en una espiral autodestructiva, yendo de la mano del de Javier Bardem. El público empieza a preocuparse mientras Sorogoyen, siempre sabio tras la cámara, prepara un final absolutamente arrebatador
Al pobre Rodrigo Sorogoyen le comieron los mil males cuando se enteró de la existencia de Valor Sentimental. No porque El ser querido fuera mínimamente parecida (va por otro lado completamente diferente y, para mi gusto, más interesante), sino porque el punto de partida era el mismo. Sin embargo, el laberinto de la película española es inabarcable, repleto de estribillos, espejos y una evolución de sus protagonistas paralela que culmina en el mejor final posible, al menos para uno de ellos.
Ojo: Aunque haya andado de puntillas, obviamente aquí vamos a hablar del final de El ser querido. Es obvio, pero por si acaso.
Sin alcohol se vive mejor
Al principio de la película, en ese agobiante restaurante de lujo repleto de tensión, padre e hija se reencuentran después de 13 años y Emilia acaba echándole en cara a Esteban que, viendo Kill Bill 2 en los Roxy, llegó totalmente borracho y se enfrentó a otro espectador. Él lo niega todo, por supuesto, pero como después afirma, recuerda cada cosa que ha pasado en su vida. Y dentro de cada cosa están, por supuesto, sus desmanes con la bebida.
Lo que no espera Emilia es adoptar, durante el rodaje, la misma afición por la bebida que su padre, tratando de sobrellevar un trabajo que puede ser su catapulta a la fama, pero en el que claramente no está pasando un buen rato. En la primera escena, compartiendo piso y trabajando de camarera, afirma que está bien. Cumpliendo su sueño, al menos de manera aparente, no lo está: dada a la bebida, llegando tarde, con tensión continua y enfrentándose a su padre, sí, pero solo cuando lleva unas copas encima.
Cuando la película termina, ni siquiera sabemos si la película se ha estrenado, si Emilia está nominada a los Goya, si crítica y público la han disfrutado. Solo sabemos que ha vuelto a trabajar de camarera, sacando sillas y mesas, pero tranquila. Sin una botella cerca. Sin tensión. Abrazando a su compañero de reparto como abraza a la vida normal e intercambiando batallitas, compartiendo piso de nuevo, tranquila, como si esos meses con su padre hubieran sido una pesadilla en el éter. Es la única manera de terminar El ser querido: con ella volviendo a la casilla de salida, en la que afirmaba ser feliz. De la que, quizá, nunca debió salir.