El pasado 15 de marzo, Sean Penn ganó el tercer Oscar de su carrera. El intérprete de 65 años había sido nominado en una categoría bastante reñida, en la que se encontraba uno de sus coprotagonistas, Benicio del Toro, pero finalmente fue él quien se alzó ganador de la estatuilla a Mejor actor de reparto por la película Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson. Las dos victorias anteriores habían tenido lugar en 2004 y 2009 por Mystic River y Mi nombre es Harvey Milk, respectivamente.
Sin embargo, en esta ocasión, Sean Penn decidió no recoger su premio, así como había hecho con anteriores eventos previos a la gala de los Oscar. Kieran Culkin aceptó el galardón en su lugar: "Sean Penn no pudo estar aquí esta noche, o no quiso, así que aceptaré el premio en su nombre".
Según se recordó en aquel momento, Penn estaría bastante enfadado con la Academia por haberse negado en a que el presidente de Ucrania hablara en los Oscar 2022, que se celebró poco después de la invasión rusa. "El productor de los Oscar pensó: 'Oh, no es lo suficientemente jovial'. ¿Y adivinen qué tuvimos en su lugar? ¡Will Smith!", confesó el propio actor en declaraciones a Variety.
No obstante, la realidad es que, como recordaban nuestros compañeros de Espinof poco después de la gala, la tensa relación de Sean Penn con la Academia de Hollywood se remonta a mucho antes. De hecho, a cuando el actor era un niño y atestiguó cómo su padre, Leo Penn, un veterano de la II Guerra Mundial reconvertido en intérprete fue objeto de una caza de brujas que hubo un Hollywood y acabó en una lista negra debido a su apoyo a los sindicatos de Hollywood y su negativa a delatar a los miembros del creciente Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes. A partir de entonces no pudo volver a trabajar como actor.
Así lo escribió él propio Sean Penn en un artículo publicado por The Hollywood Reporter en 2012:
"Pocos de los principales artífices de la lista negra arriesgaron jamás su carrera, y mucho menos su vida, en defensa de un principio estadounidense. Y, como con tantos otros, el país y los medios de comunicación se mantuvieron al margen como ovejas asustadas. Al final, no hubo lealtad hacia un soldado, ni valor para oponerse a la manada de cobardes ni disposición ignorante para identificarse con una locura popular", sostiene Penn en su artículo. "Recuerdo que, de niño, caminaba con mi padre por un sendero junto a la playa cuando nos topamos con el set de rodaje de El último magnate (1976), de Elia Kazan. Mi padre y Kazan habían trabajado juntos y se conocían antes de la época de la lista negra. Después de tantos años, Kazan lo reconoció y lo llamó por su nombre. Fue la primera vez que vi a mi padre ignorar a alguien".
Según Penn, Kazan "se había acobardado y se había vendido", desaprovechando por completo la "posición de influencia de la que gozaba". Pro, el contrario, años después, "héroes como Kirk Douglas fueron quienes finalmente lograron acabar con la lista negra".
Aún hoy, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas no ha reconocido claramente su propia complicidad en la vergonzosa caza de brujas de la década de 1950 que fue la Lista Negra. En nombre del patriotismo y de los patriotas (la mayoría de los cuales jamás lo habrían pedido) y en nombre de nuestra propia dignidad… es hora
Más de una década después, está claro que ese poco aprecio de Sean Penn a la Academia sigue vigente.