En un principio, cuando organizamos el planning de la cobertura, la idea era hablar hoy de Company, la nueva película de Casey Affleck que compite en la sección oficial. La vimos ayer y está muy bien; se trata de un western nevado con tintes fantásticos y de terror que enlaza tres líneas temporales con estilo, aunque al final se queda a medio camino de todo lo que promete. Sin embargo, he decidido cambiar de rumbo radicalmente. De la película que verdaderamente hay que hablar, la que ha cambiado por completo nuestro paso por Italia, es de Biografía de Jorge Luis Borges, el colosal documental de cinco horas y media dirigido por el cineasta argentino Mariano Llinás.
Para entender el impacto de lo que ha logrado Llinás, conviene repasar el momento por el que atraviesa el circuito de festivales. Esta edición de Venecia ha sido floja, sinceramente muy floja. La mayoría de las obras vistas en la competición oficial respondían a un perfil mediano-bajo que apenas aportaba nada nuevo. Esto refleja una industria en un punto extraño. Ausencias destacadas como la de Alejandro González Iñárritu con Digger, o el hecho de que la nueva cinta de David Fincher con Brad Pitt y guion de Quentin Tarantino para Netflix no estuviera lista a tiempo, han dejado la programación algo desprotegida. A esto se suma una dinámica preocupante desde los despachos: esa idea de que la prensa especializada ya no hace falta y que es preferible organizar pases cerrados con influencers para garantizarse comentarios amables. Pero los festivales de cine no se crearon para el marketing de estudio; se crearon para la cinefilia y para la historia del cine. Al analizar una programación entendemos hacia dónde se dirige el cine, y si nos guiáramos solo por la competición veneciana de este año, la conclusión sería desoladora. Con la brillante excepción de Possible Love, lo nuevo de Lee Chang-dong para Netflix —sin duda lo mejor de la sección oficial—, las películas no estaban llevando el lenguaje cinematográfico a ninguna parte. Y entonces irrumpe Mariano Llinás para dinamitar todas las certezas.
Cinco horas y media de una experiencia cinematográfica insuperable
Enfrentarse a una película de cinco horas y media en mitad del ritmo frenético de un festival no es tarea sencilla. La organización decidió situarla en una sección paralela y proyectarla en la sala donde se celebran las ruedas de prensa, la peor sala posible de Venecia, dividiendo el pase en dos sesiones. (Aprovecho para mandar un beso enorme a Joan Sala y a Manu Yáñez, que me ayudaron a conseguir las acreditaciones para verla completa). Pero al terminar la proyección, la satisfacción era absoluta. Llinás ha entregado una obra revolucionaria que lo confirma como una suerte de Chris Marker o de Orson Welles de nuestra era.
Para poner en perspectiva al cineasta nacido en Buenos Aires en 1975, hay que recordar que tras su prometedor boceto inicial en Balnearios, su figura explotó en 2008 con Historias extraordinarias. Aquella obra maestra de cuatro horas -incluida en nuestro top de las mejores películas del siglo- demostró que Llinás es un cuentacuentos o storyteller formidable, capaz de entrelazar relatos fascinantes mediante una voz en off omnipresente que dialoga con las imágenes al estilo del Welles de F for Fake o de Jean-Luc Godard. Posteriormente construyó su Capilla Sixtina con La flor (2018), un artefacto de más de trece horas. A diferencia de directores de metrajes dilatados como Béla Tarr o Lav Diaz, el cine de Llinás destaca por ser tremendamente dinámico; en sus relatos no paran de suceder cosas y el espectador permanece enganchado de principio a fin. Y en un tiempo en el que cualquier usuario devora series de televisión de veinte horas sin pestañear, nadie debería escandalizarse por la duración de una película redonda.
En Biografía de Jorge Luis Borges, Llinás trabaja a partir de un encargo riguroso: realizar una biografía del genial autor basándose exclusivamente en un archivo de objetos personales que comprende manuscritos, fotografías, libros y artículos. Sin más material disponible, Llinás toma una decisión genial: en lugar de recurrir al clásico documental de archivo con entrevistas televisivas, convierte a Jorge Luis Borges en un personaje de ficción dentro de su propio universo cinematográfico, al mismo nivel que los protagonistas de Historias extraordinarias, La flor o la maravillosa Trenque Lauquen (dirigida por Laura Citarella con guion del propio Llinás).
La película se abre con una declaración rotunda: "Gracias a Borges es que existe aún la literatura". A partir de ahí, la figura del escritor se transforma en un misterio detectivesco. Para guiar la investigación aparece Montequín, un experto en los objetos del autor que se convierte en un personaje memorable. Como el propio Llinás señala en pantalla: "Montequín es Sherlock y yo soy Watson".
Si tuviera que trazar un gráfico en mi libreta de notas, situaría a Mariano Llinás y su Biografía de Jorge Luis Borges en un piso superior, y a una distancia abismal, lejísimos, al resto de las películas vistas en Venecia. Ojalá los festivales de cine en España la incorporen pronto a sus programaciones, porque poder disfrutar de este fenómeno en una gran pantalla es, sencillamente, una experiencia cinematográfica insuperable.