Un café por la mañana, un croissant gigante, dos películas y a devorar cine. No nos podemos quejar en absoluto. Hoy vengo entusiasmado. Vengo de ver la nueva película de ese gigante inabarcable que es Werner Herzog. No entendería la historia del cine sin él. Un tipo nacido en 1942 en Múnich, el director de Fitzcarraldo, de Aguirre, un cineasta indomable que nunca ha dejado de estar en la mandanga. Y lo que nos ha traído aquí a Venecia, bajo este sol abrasador que te derrite las neuronas, es una de esas películas que yo llamo, con todo el amor y el respeto del mundo, "películas de viejos".
A mí este cine despojado de todo ornamento me interesa muchísimo. Cineastas que llevan cincuenta años en esto y que filman ya sin perder el tiempo en transiciones tontas, ni en armar una coherencia narrativa académica, ni en usar los recursos típicos del lenguaje convencional. La puesta en escena convencional desaparece. Herzog ha rodado esto de una forma que parece hecha con teléfonos móviles, persiguiendo a sus actrices con la cámara, buscando a la caza, como el explorador que es, una imagen o una idea potente.
La película se titula Bucking Fastard (un titulazo absoluto) y arranca con un gesto precioso: está dedicada a su amigo David Lynch. De entrada, los títulos de crédito ya son una delicia visual. La película estaba destinada a Cannes, pero Thierry Frémaux no le ofreció la competición oficial. ¿Y qué hizo nuestro bávaro favorito? Le mandó a cascarla. Le dijo "que te den", metió la copia en la maleta y se la trajo a Venecia. Menos mal, porque el festival estaba siendo un poco gris y pálido, salvando las genialidades de Lee Chang-dong y Mariano Llinás.
La única opción es seguir excavando, seguir avanzando hacia adelante
Bucking Fastard es la historia de dos hermanas interpretadas por dos actrices que están, no sé qué adjetivo usar, soberbias, asombrosas, magistrales: Kate Mara y Rooney Mara. Son hermanas en la vida real y la entrega que demuestran aquí es de las que hacen época. No sé si Herzog escribió esto pensando en ellas, pero ha esculpido dos personajes para la eternidad.
La propuesta formal es de locos: las dos hermanas funcionan como si fueran una misma persona dividida en dos cuerpos distintos. Sienten lo mismo, piensan lo mismo, se visten igual, hacen los mismos gestos en el espacio y, en el noventa y cinco por ciento de las ocasiones, hablan a la vez, diciendo exactamente las mismas palabras con una armonía rítmica y vocal que te vuela la cabeza. Es alucinante medir cómo lloran, ríen o gritan de forma perfectamente sincronizada. Herzog juega con la cámara acercándose más a una o a otra, dejando a una en primer plano y a la otra difuminada al fondo, reflexionando sobre el desdoblamiento de la personalidad y la identidad de estas dos mujeres.
A Herzog el eje cronológico le da absolutamente igual. Estructura el relato a base de sintagmas sustantivos: escena, escena y escena. En cada una ocurre algo potente, cada secuencia funciona de forma autónoma como un micro-relato que transita entre el humor tierno y el drama social más descarnado. Es una historia sobre la alienación profunda, la marginación y la pureza de dos almas inocentes en un mundo hostil. Y, claro, la sociedad siempre se aprovecha de los más débiles. Los avatares del destino las llevan a enamorarse de un personaje mezquino e hipócrita interpretado por un estupendo Orlando Bloom, que hace aquí de un tipo verdaderamente despreciable.
Pero, cuando crees que tienes la película dominada, llega la segunda mitad y emerge el Herzog más abstracto. La trama empieza a evaporarse. Ya no importa el conflicto convencional. Las hermanas, en una imagen alegórica y colosal, se ponen a cavar un túnel en una montaña gigantesca que es pura piedra. Y cavan. Y cavan sin parar, en un bucle hipnótico que sumerge la película en una barrena abstracta y hermosísima. Es ahí donde Bucking Fastard toca el cielo. Entre la piedra, el esfuerzo físico y la aparición de elementos surrealistas, como un zorro que cruza la pantalla en un momento bellísimo, la película trasciende. Todo lo que ha pasado antes se difumina y la obra se convierte en una metáfora existencial sobre la vida misma: ese punto inevitable donde nada parece tener un sentido lógico y donde, simplemente, la única opción es seguir excavando, seguir avanzando hacia adelante.
Termina de forma abrupta y te da exactamente igual, porque te deja el alma suspendida en esa abstracción poética. Es una película pequeña, irregular, extraña, una anomalía absoluta en el Matrix del cine contemporáneo, pero que encaja a la perfección dentro de la filmografía inmensa, libre y salvaje de Werner Herzog.