Nunca he sido fan de la carrera de Florian Zeller, pero su nueva película con Javier Bardem y Penélope Cruz me ha descolocado
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La sátira sobre el turbocapitalismo con la que Florian Zeller me ha descolocado

SensaCine

Estamos encarando la recta final del Festival de Venecia 2026, ese tramo agotador donde acumulas kilómetros caminando entre salas de cine y donde te das cuenta de la cantidad de libretas de notas que terminas tirando porque sencillamente no caben en casa. Han sido días intensos en los que me salí horrorizado a las cuatro horas del soporífero documental Musk de Alex Gibney, disfruté con el estimulante western nevado Company de Casey Affleck y caí rendido ante las cinco horas y media de la monumental biografía de Jorge Luis Borges firmada por Mariano Llinás. Pero hoy la cita ineludible en la Mostra era el nuevo trabajo del dramaturgo y cineasta francés Florian Zeller: Búnker, un filme protagonizado por Javier Bardem y Penélope Cruz que ha logrado sacudirme de una forma que sencillamente no esperaba.

Y digo que no lo esperaba porque hay que ser totalmente honesto: a mí el cine de Florian Zeller no me gusta nada. Tras alzarse con el Óscar al mejor guion adaptado por El padre (2020) y continuar su trilogía teatral con El hijo (2022), el director nacido en 1979 ha demostrado una tendencia casi pornográfica a la hora de explotar los traumas y la crueldad del drama intrafamiliar. Sin embargo, viendo el arranque de Búnker, me acordé inevitablemente de mi añorado amigo Fran Gallo y de esas infinitas charlas nocturnas entre críticos. Fran siempre me decía que no hay mayor placer en esta profesión que ir a ver la película de un cineasta con el que no comulgas y descubrir que de repente firma un trabajo que te atrapa y te descoloca por completo. Igual que a veces un autor de cabecera te decepciona —como me ocurrió en su momento con la Megalopolis de Francis Ford Coppola—, encontrarse con un golpe de efecto positivo de alguien cuyo estilo aborreces resulta sencillamente revolucionario.

Retrato de la paranoia patológica de las clases altas

Búnker arranca casi como una suerte de Michael Haneke del todo a cien, presentando a una adinerada familia española afincada en el más absoluto lujo de Londres. Él es un arquitecto brillante y multipremiado, ella trabaja en el mundo editorial y juntos crían a su hija en una aparente burbuja de perfección social y económica. No obstante, ese ecosistema ideal comienza a agrietarse violentamente a causa de dos detonantes paralelos: por un lado, las obras de un vecino incómodo que decide perforar la pared de su sótano para abrir una ventana; por otro, el encargo millonario que recibe el protagonista por parte de un magnate del sector high-tech para construir un búnker de ultra lujo en Hawái. A través de estos elementos, Zeller estira las tensiones latentes, las inseguridades no resueltas y los celos enterrados dentro del matrimonio.

El filme se revela de este modo como una mordaz crítica contra el turbocapitalismo, arremetiendo contra el negocio de la seguridad privada y retratando la paranoia patológica de las clases altas frente al miedo a ser abordados por la gente sin recursos. Resulta demoledora esa lectura de fondo sobre los multimillonarios que, siendo plenamente conscientes de que el planeta está colapsando en gran medida por su culpa, prefieren gastarse fortunas desorbitadas en edificar refugios blindados antes que invertir un solo dólar en solucionar el mundo.

La secuencia de apertura, articulada mediante un diálogo tenso entre la pareja protagonista mientras rememoran ante otros cómo se conocieron, posee una fuerza arrolladora. Contemplando cómo escalaba la discusión entre los personajes no pude evitar acordarme de Rodrigo Sorogoyen y echar de menos su virtuosismo narrativo, pues donde el director madrileño habría rozado la maestría absoluta, Zeller se muestra algo más ajustado y convencional. Pese a ello, el reparto principal sostiene la propuesta sobre sus hombros con una solvencia demoledora. Javier Bardem y Penélope Cruz demuestran por qué son dos estrellas absolutas e incontestables del panorama cinematográfico internacional.

Es cierto que, a medida que la trama avanza, la puesta en escena de Zeller termina mostrándose algo simple y obvia, reincidiendo sobre las mismas ideas sin alcanzar a resolver con plena lucidez todo el armazón dramático que había desplegado. Sin embargo, la cinta se reserva un plano final maravilloso que resulta absolutamente coherente con todo el discurso previo. Aun siendo una obra profundamente irregular, para los estándares habituales de Florian Zeller estamos ante un título más que aceptable y apreciable.

Alejandro G. Calvo
Alejandro G. Calvo
-Director de SensaCine
De sangre soriana, nacido en Barcelona en 1978, y residente en Madrid. Crítico de cine desde la adolescencia, llevo 25 años escribiendo sobre películas. Ahora, principalmente, hago videos para el canal de YouTube de SensaCine donde la serie "Cine A Quemarropa" es uno de los mayores hits en la red.
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