"Alfredo [Landa] es el superdotado. El fuera de serie. El que la madre de la naturaleza señalo y dijo 'Ese'. Sin haberse preocupado, ni maldita falta que le hacía, ni de estudiar, ni de prepararse, ni de métodos, ni teorías ni nada que se le pareciera", decía sobre su gran amigo y compañero José Sacristán en el largometraje documental biográfico Dentro del gallinero sobre su propia vida. "Y hay mucho lerdo que se mete con él por las películas de su época y el landismo, pero hay que ser un negado para no darse cuenta de que hasta en la peor de las películas hay un actor como la copa de 14 pinos".
Nacido el 3 del 3 del 33 a las 3, como él mismo solía recordar, Alfredo Landa debuto en Atraco a las 3 de José María Forqué y fue uno de los actores más fundamentales de nuestra historia. Su impacto fue tal que dio nombre a su propio subgénero cinematográfico: el landismo, una corriente situada en los años 60-70 que retrataba la España del tardofranquismo mediante comedias de enredo que reflejaban el choque cultural con el progreso de Europa. Como él mismo lo definiría: una "forma de ser, de actuar y de ver la vida".
Sin embargo, el actor tuvo la oportunidad de demostrar su versatilidad y calidad actoral mucho más allá de ese periodo durante la Transición y resto de su carrera, especialmente desde su primera colaboración con José Luis Garci en 1979 con Las verdes praderas, que supuso un antes y un después. Luego vendrían El crack, La próxima estación, El crack II y, por supuesto, Los santos inocentes de Mario Camus que le consagró internacionalmente al ganar el premio a Mejor actor en el Festival de Cine de Cannes -ex aequo con su coprotagonista Paco Rabal-.
Dos veces ganador del Goya -por El bosque animado en 1987 y La marrana en 1992- y una tercera vez receptor del Goya de Honor en 2007 por toda su trayectoria, Landa se retiró de la interpretación y la vida pública en 2008 y falleció en el año 2013 dejando un gran legado en la industria cinematográfica española.
Sin embargo, como él mismo contó en diversas entrevistas, su decisión de querer ser actor no fue bien recibida al principio por su familia, quienes le dijeron que se olvidara de perseguir su sueño. "Mi madre me adoraba. Cuando tomó conciencia de que yo iba a ser cómico, dijo: 'No puede ser esto, no puede ser'", recordaba en una entrevista en 2008 con Federico Jiménez Losantos. "Y se fue a Pamplona: reunió a toda la familia, a mi tío Serafín, a mis primos, a todos, y les dijo: '¡Que el chico se empeña en ser cómico, cómico!'. Y le dijeron todos: '¡Hala! Estás loca. No, Emilia, no lo consientas, ¿eh? Ni hablar'.
[Mi madre] volvió a San Sebastián y me dijo: 'Oye, que no'. Y tuve un momento mágico en el que le dije: 'Bueno, pues terminaré la carrera, me emplearé en el Banco Guipuzcoano... bueno, en donde sea. Pero ojo: si llego a los 40 años y no soy feliz porque no seguí el camino que yo he escogido, te voy a echar la culpa a ti'
"¿Sabes lo que me contestó mi madre? Me miró como miraba ella y me dijo: 'Vete'", recordaba orgulloso. "Siete días más tarde cogí el tren".
"Soy un poco la oveja negra de mi familia por haberme dedicado a esto", contaba divertido a los niños en el famoso formato infantil Menuda noche en el que los niños tomaban el mando. "Luego estuvieron muy orgullosos de mí, pero al principio no se lo tomaron muy a bien. Hubo una reunión familiar cuando dije que quería ser cómico: fueron todos a Pamplona, se reunieron y le decían a mi madre: 'Oye, Emilia, que tu hijo va a ser cómico... ¡qué vergüenza, que va a aparecer en el Dígame!'. Y mi madre, cariacontecida, decía: 'Sí, sí, va a aparecer'. '¡Pues no puede ser!'. Volvió con el veto a San Sebastián y me dijo: 'Oye, que la familia te ha dicho que no'. Le dije: 'Pues a pesar de la familia, mamá, yo voy a ser cómico'. Y lo fui... vamos, lo soy".