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    San Sebastián 2016: Anne Hathaway desborda en la genial ‘Colossal’ de Nacho Vigalondo
    Por Alejandro G. Calvo y Santiago Gimeno — 20 sept. 2016 a las 15:32

    Además de la filigrana sci-fi de Vigalondo, se nos desencaja la mandíbula al ver el absoluto despiporre que es ‘La fiesta de las salchichas’, la cinta animada pergeñada por Seth Rogen. Más sección oficial: el indie EEUU pincha en ‘As you are’.

    Nacho Vigalondo es un realizador que tiene ideas como pianos. Su cine, en largo y en corto, suele estirar un concepto, generalmente alucinante, hasta llevarlo al fin de sus posibilidades. Un creador desorbitante que, mientras asienta sus decorados narrativos envueltos en algo parecido al minimal sci-fi, acaba contándonos desesperadas historias de amor, comedias que devienen dramas o thrillers que acaban siendo devorados por el horror. “Algunas de mis ideas no pasan del chascarrillo” me cuenta en la entrevista que hemos tenido esta mañana. Mentira. Vigalondo es uno de nuestros cineastas más excitantes. También de los más imperfectos. Pero si algo sacamos de la historia de la Serie B, esa en la que Vigalondo se maneja como pez en el agua (o monstruo en Corea), es que quién necesita películas perfectas cuando tenemos cintas tan divertidas, creativas y subyugantes como Colossal.

    No quisiera destripar el argumento -de hecho, cuanto menos se sepa de la película es mejor; sus sorpresas argumentales son tantas que es mejor llegar virgen a la sala, si es que eso es posible en la era digital- así que me limitaré a decir que éste gira alrededor del viaje al pueblo materno de Gloria -Anne Hathaway, que no estaba tan bien desde que estuvo nominada al Oscar por La boda de Rachel (2008)-, para tratar de recuperarse de su alcoholismo y su vida fracturada al mismo tiempo que un monstruo gigantesco empieza a verse por las calles de Seúl con la consiguiente barbarie derivada. Lo íntimo y lo colosal se dan la mano en una comedia dramática donde la expiación de los pecados va ligado a la épica del sacrificio más delirante. Normal que la película impresione tanto en sus momentos domésticos -todos los amaneceres de la protagonista, incapaz de dormir de una misma forma cada noche, son maravillosos- como en los estrictamente kaiju-eiga con King Kong contra Godzilla (1962) o Godzilla contra los monstruos (1964) como válidos referentes. Lo dije antes: Vigalondo no hace películas redondas, sino películas excitantes. Aquí patina un poco la radical transformación que sufre un personaje a medio metraje, algo necesario para que la acción dramática final pueda desarrollarse de forma emocionante. Nada que no pasara en Extraterrestre (2011) u Open Windows (2014), lo que no evita que se disfrute plenamente de ellas. Además, lo digo ya y cierro, Colossal es su mejor película. Olé.

    Cuando Seth Rogen y Evan Goldberg anunciaron en 2014 el rodaje de La fiesta de las salchichas dijeron que querían hacer la primera película de animación con calificación X. Todos nos reímos entonces, aunque pocos dábamos fe de sus palabras. Al fin y al cabo hay una major detrás de ella y, a estas alturas del juego, todos conocemos hasta dónde puede llegar el humor lascivo de los creadores de Superfumados (2008) o Juerga hasta el fin (2013). Pues bien, nos equivocábamos: La fiesta de las salchichas es una auténtica bizarrada que al padre despistado que se le cuele como película infantil va a traumatizar a sus hijos de por vida. Con un punto de arranque brutal: algo así como Toy Story (1995) cambiando los juguetes por alimentos, la película es un continuo exabrupto de tacos, chistes sexuales salvajes y posicionamiento a favor de las drogas que recuerda, y mucho, a la experiencia que tuvimos los que vivimos el estreno en pantallas de la película de South Park (1999). Con todos los altos y bajos que un producto de estas características pueda tener -superado el concepto de arranque, la película baila en función del golpe que te arree el correspondiente chiste-, acaba por dinamitar cualquier cosa que hayamos visto en pantalla grande en un cierre a lo gang-bang-fast-food que hará explotar cabezas a lo largo y ancho del globo terráqueo. Vaya animales. Como dice Joan Pons, esta es una película con chistes que se quedan en la writer’s room: aquellos que nunca acaban entrando en guion por ser demasiado guarros, zafios o malos. Aquí están todos.

    Alejandro G.Calvo

    El obvio retrato generacional de 'As You Are' y su estudio de la memoria

    Después de dirigir el corto documental Basil King: Mirage, el actor y director Miles Joris-Peyrafitte compite en la Sección Oficial de San Sebastián con su debut en la gran pantalla, As You Are, que ya ganó el Premio Especial del Jurado en el último Festival de Sundance. Podría parecer a primera vista un relato similar al sublime libro La hoja plegada de William Maxwell, aunque sólo en apariencia. El cineasta profundiza en los límites del amor dentro de las relaciones de amistad pero el tortuoso -y a veces embrollado- camino de sus personajes y determinadas decisiones de guion, de las que pronto hablaremos, disminuyen la autoridad de este filme que podría haber sido algo más que un simple retrato generacional un poco estridente -multiplicado por la elección de músicas disonantes- y cargado de obviedades.

    La acción de As You Are transcurre en la década de los 90 y narra una y otra vez la relación de amor/amistad entre tres adolescentes: Jack (Owen Campbell, The Americans), Mark (Charlie Heaton, el Jonathan Byers de Stranger Things) y Sarah (Amandla Stenberg, Rue en la primera entrega de Los juegos del hambre). De forma paralela, unas grabaciones en una comisaría -que recuerdan a la primera temporada de True Detective- nos presentan a varios personajes de la historia respondiendo a las preguntas de una investigación policial.

    A diferencia de lo que ocurre en la obra de Maxwell, Jack y Mark pertenecen a la misma 'clase'. Ambos son marginados y descubren lo mucho que tienen en común después de que sus padres, Mary Stuart Masterson entre ellos, inicien una relación sentimental. Su amistad se torna rápidamente en una suerte de lazo fraternal, aunque desde el principio se intuye una atracción romántica homosexual, al menos por parte de Jack. Todo, sin embargo, se erige desde un planteamiento demasiado evidente y facilón, como el amor por el grupo Nirvana y la posterior 'crisis' por la muerte de Kurt Cobain en 1994, la etiqueta de "buena chica" como única señal para identificar a Sarah, los vaivenes sexuales del trío protagonista, el repentino y superficial travestismo de Jack, la violencia retrógrada y el carácter bidimensional de Tom, el padre de Mark, e incluso el patético juego de "poli bueno/poli malo" del detective Erickson.

    La estructura del filme, no obstante, sí que parece indicarnos de pasada cuál era la verdadera intención de Joris-Peyrafitte para la cinta que, en medio de tanto salto narrativo, se aprecia sólo subrepticiamente: detallar cómo la memoria y los recuerdos se erosionan y se manipulan en función de quien ocupe el puesto de narrador. De hecho, hacia el final, acaba por interesarnos más no el "qué ha pasado", sino el "qué aseguran los personajes que ha pasado" y las reacciones que sus embustes y encubrimientos generan en la audiencia. Esas mismas reacciones que visten de subjetividad, o al menos de escepticismo, el fatal desenlace.

    Santiago Gimeno


    La fiesta de las salchichas
    La fiesta de las salchichas Tráiler

    Día 1: La orgía de tiros de ‘Los siete magníficos’, lo mejor del primer día

    Día 2: Éxito de 'El hombre de las mil caras' de Alberto Rodríguez  

    Día 2: Indiferencia total con la descafeinada 'Medidas extremas' de Baltasar Kormákur

    Día 3: Bertrand Bonello hace explotar el festival con su rabiosa Nocturama

    Día 4: ¿Es ‘Que Dios nos perdone’ nuestro ‘True Detective’?

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