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    Dune
    Críticas
    5,0
    Obra maestra
    Dune

    'Dune', el espectáculo de Villeneuve que solo puedes mirar con la boca abierta

    por Alejandro G.Calvo

    En la línea solipsista del Christopher Nolan de Dunkerque (2017) o del Zack Snyder de Watchmen (2009), pero cada uno, claro, fiel a su estilo único e intransferible. Hay muy pocos directores capaces de hacerse cargo de un proyecto de presupuesto desorbitado y cargado de estrellas de primer nivel -Dune parece un all-stars: Timothée Chalamet, Zendaya, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Jason Momoa, Dave Bautista, Stellan Skarsgård, Javier Bardem, Josh Brolin, Charlotte Rampling, etc- y tener la valentía de hacer con él una película tan tremendamente personal, ajena a cualquier moda imperante y que, con ello, siga resultando un espectáculo inabarcable de primer nivel.

    Porque esa era la sensación que me abrasaba mientras veía la película: el del espectáculo totémico que sólo puedes mirar con la boca abierta y los ojos en spinning continuo. Las imágenes que construye Villeneuve, son majestuosas en su ampulosidad, fascinantes en su diseño sci-fi y atronadoras en su sonido (sólo Hans Zimmer podía haber hecho algo así).

    Es tal el aparataje audiovisual que uno está con el botón de fascinación en modo ON todo el rato. Cada mundo nuevo que aparece, cada castillo, cada nave, cada objeto -que fetichismo le aplica Villeneuve a los objetos sobre los que hace pivotar el relato continuamente, ya sea una cornamenta de toro, ya sea el cuchillo que acaba empuñando Paul Atreides-, están pensados hasta el último detalle, magníficamente diseñados y construidos para que sirvan al mismo tiempo de decorado y de explicación de los propios personajes. Y desde Lawrence de Arabia (1962) nadie había captado tan bien la esencia del desierto.

    Ejemplo. Cuando aparece por primera vez el planeta de los Harkonnen y vemos al Barón (Stellan Skarsgård) en una amplísima sala sin muebles de ningún tipo, de espaldas, cubierto en vapor, cayendo luz cenital cónica, acariciándose la calva como el Coronel Kurtz de Apocalypse Now (1979)… Villeneuve te está describiendo la locura y la maldad absoluta sin apenas articular un solo diálogo. Puro cine.

    La espectacularidad de Dune va a la par de la intensidad que Villeneuve la aplica a las imágenes. Este no es un espectáculo ligero, no es una batalla galáctica divertida y entretenida, sino más bien todo lo contrario. Aquí se ha venido a sufrir. A ver traiciones, complots, asesinatos, masacres, sueños oníricos, brujas maléficas y gusanos gigantes. Viéndola no paraba de pensar “esto me está gustando mucho pero ¿le gustará a alguien más?”.

    El tempo narrativo de Blade Runner 2049 aplicado a la space opera está más cerca de Arthur C. Clarke que de Orson Scott Card. Dune se cuece a fuego muy lento y posee múltiples fugas con las continuas ensoñaciones de Paul Atreides (hay muchas más que en la película de Lynch). La carga dramática va disparada, casi disparatada, y se sostiene estrictamente en su andamiaje estético. Villeneuve quiere meterse dentro del dolor de los personajes y quiere que tú lo acompañes. El camino que impone no es sencillo, sino prácticamente anti-climático. Como si el cineasta se mostrara tan exigente consigo mismo como con el público y en la media hora final se hace realmente palpable esa deriva.

    Yo he acabado fundido cuando han aparecido los créditos. Hay cosas que no me han acabado de funcionar en la película. Principalmente el uso de los escudos personales, que hacen que las escenas de acción cuerpo a cuerpo sean tremendamente extrañas.

    Entiendo que es una decisión lógica en la continua fidelidad al texto original, pero no por eso se me deja de hacer raro. ¿Qué pensará la gente cuando la vea? ¿La amarán? ¿La odiarán? Dune va a polarizar, eso está claro. Pero seas de los primeros o de los segundos, no dudes ni por un momento que Villeneuve ha hecho la película que quería pesara a quien pesara y eso es algo que siempre yo respeto.



    Dune, adaptación de la novela de Frank Herbert que ya llevó al cine David Lynch en 1984, narra la historia de la familia Atreides y su camino hacia Arrakis. El duque Leto tiene que supervisar la extracción de una codiciada droga y eso implica numerosas amenazas. Entre sus enemigos se encontrará el pueblo indígena Fremen, que habita el planeta que quieren explotar, y los malvados Harkonnen. Al mismo tiempo, las condiciones del nuevo territorio no tiene nada que ver con su planeta de origen. Provienen de un sitio montañoso y húmedo y han ido a parar a un desierto.

    Enfrentarse a Dune es adentrarse en un complejo mundo lleno de mitología, jerarquías, organizaciones políticas y religiosas, tradiciones, profecías... Desde el legado del clan protagonista hasta las Bene Gesserit, un grupo matriarcal muy poderoso. Denis Villeneuve ha trabajado minuciosamente en desgranar el universo que presentó Herbert y lo que ha conseguido es una producción con la que es imposible mirar hacia otro lado.
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