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    A Roma con amor (To Rome with Love)
    Críticas
    3,5
    Buena
    A Roma con amor (To Rome with Love)

    Vidas que no se cruzan

    por Quim Casas
    La desnudez de formas a la que tiende desde hace años el cine de Woody Allen alcanza su máxima expresión en 'A Roma con amor', otra visita irónico-turística a una ciudad europea –como antes fueron París, Londres o Barcelona– planteada como un retablo humano, unas short cuts que no llegan a ser vidas cruzadas pese a que la estructura remita perfectamente a la de este tipo de narrativa cinematográfica. Roma, fotografiada con luz quemada aunque sacando en cada plano exterior uno de sus edificios o monumentos distintivos, es el nexo de unión, el espacio que habitan durante un tiempo, el que dura el film, una serie de personajes en busca del amor, la comprensión, el éxito o la simple y necesaria estabilidad.

    Cuatro son las historias. Un guardia de tráfico, casi inexpresivo frente a un accidente que tiene lugar ante sus narices (aunque fuera de campo: la elisión como gag), parece actuar al principio como maestro de ceremonias, pero nada más lejos de la realidad. Allen juega con los puntos de vista y los comentarios a pie de página –algo que empleó muy bien con el coro griego de 'Poderosa Afrodita'– y no duda en recurrir a elementos casi de relato fantástico, aunque la comedia, en el fondo y aunque parezca tan realista como la de Allen, siempre tiende a la fantasía.

    Así, el veterano arquitecto californiano que pasó un año de su juventud en el Trastevere romano, excelente Alec Baldwin, cumple la función de fantasmático comentarista/oráculo de las vicisitudes que vive un joven enamorado de la neurótica y seductora amiga de su novia, un personaje que está y no está, que aparece en el plano pero atañe solo a la imaginación del joven, como el Humphrey Bogart imaginado de 'Sueños de seductor'.

    También la historia protagonizada por el propio Allen tiene algo de fantástico, aunque sin llegar a la cualidad de 'Zelig' o 'Alice': el director encarna a un productor musical, hipocondriaco como no podía ser de otra manera, que se obsesiona con la voz de tenor del padre romano de su futuro yerno; pero como éste solo canta bien cuando se ducha, no se le ocurre otra cosa que montar "revolucionarias" escenografías en las que el cantante en cuestión aparece siempre duchándose mientras canta o apuñala a sus enemigos en pleno crescendo operístico. Una imagen sin duda fantástica, por no decir surreal, en contextos absolutamente realistas.

    'A Roma con amor' está llena de desafíos ingeniosos de este tipo –añádase el tratamiento del episodio con Roberto Benigni, un anónimo y humilde ciudadano convertido en estrella mediática por arte de magia: Allen juega aquí felizmente a la abstracción pura y dura, libre de todo prejuicio narrativo– y lugares comunes en el cine del autor: la historia del tímido provinciano y la prostituta encarnada por Penélope Cruz, la de la esposa del joven con una estrella de cine o la del falso deseo que representa la volátil Ellen Page ante el siempre indefenso Jesse Eisenberg, el gran actor estadounidense de su generación.

    A favor: La fluidez con que se pasa de una historia a otra, la contención de todo el reparto.

    En contra: cierto desaliño formal que empieza a convertirse ya en sello distintivo del último Allen.
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