Focus es ese tipo de película que te pones para desconectar y, sin hacer magia, te mantiene enganchado lo justo. No es el gran thriller de estafadores que promete ser, pero tiene suficiente ritmo y descaro como para que el tiempo pase sin mirar el reloj. Y en un género donde es fácil aburrir a mitad de camino, eso ya es una pequeña victoria.
Lo que más sostiene la película es la pareja protagonista. Will Smith tiene ese encanto automático que arrastra incluso cuando el guion patina, y Margot Robbie ilumina cada escena con una mezcla de carisma y naturalidad que hace que todo parezca más sólido de lo que realmente es. Su química funciona, aunque la historia no siempre esté a la altura de ellos dos.
La trama juega a sorprender más de lo que puede soportar. Hay giros que te los ves venir desde el otro lado de la habitación, y otros que rozan lo imposible, pero como el tono nunca se toma demasiado en serio, acaba funcionando como una especie de espectáculo elegante y ligero. Es cine de estafas “de superficie”: bonito de ver, rápido, con diálogos ágiles… pero sin ese ingenio que te deja repasando el truco después.
Al final queda justo en medio: entretenida, con momentos brillantes, pero sin ese golpe final que haga memorable lo que has visto. Es una mezcla curiosa entre comedia, romance y timo clásico, y aunque no encaja del todo, sí consigue lo básico: que pases un buen rato sin pedirle más de la cuenta.