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    Los amantes pasajeros
    Críticas
    3,5
    Buena
    Los amantes pasajeros

    Sobrevolando un país disparatado

    por Carlos Reviriego
    Si con 'Volver' (2006) Pedro Almodóvar giró su mirada hacia '¿Qué he hecho para merece esto?' (1984), hoy podríamos decir que en 'Los amantes pasajeros' se propone rescatar lo que queda de aquel director que con 31 años (hoy tiene 63) dirigió 'Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón' (1980). Y lo hace no tanto desde las formas como desde el espíritu de subversión, no tanto desde el cómo como desde el qué. En verdad, sus modos y maneras se articulan en el sentido opuesto. La propuesta estética adscrita al feísmo deliberado ha dado paso a la minuciosa estilización del plano y la puesta en escena; la desacomplejada, impúdica filmación del sexo, ahora que el sexo es el cotidiano de la televisión y el cine, se ha tornado hacia el exceso del pudor, de manera que ni siquiera una orgía merece un tratamiento carnal, sino que ahora el autor de 'Carne Trémula' (1997) prefiere filmarla con exquisito pudor: ni un seno, ni un trasero, como mucho el relieve de una erección. No es una novedad en todo caso que el cine del manchego se ha ido higienizando al compás de su madurez.

    Pero hay muchas otras cosas en 'Los amantes pasajeros' que sí nos invitan a establecer parangones con sus orígenes. Esos personajes dotados de una sexualidad perversa y naif al mismo tiempo (donde cabe desde luego la virginidad), el desmaño de un relato que no le teme a las digresiones caprichosas, su estructura aparentemente desordenada, la naturalidad de las relaciones homosexuales y la mirada sarcástica hacia las frustraciones sexuales de los españoles, el empleo de las drogas como vía de acceso al placer inmediato, siempre superponiéndose al incesante drama que como una sombra ineludible se cierne sobre el destino de sus criaturas, completa y deliberadamente inverosímiles... Todo ello estaba en 'Pepe, Luci, Bom...' Todo eso está también, 33 años mediante, en 'Los amantes pasajeros', comedia no menos disparatada que encuentra su zona de conflictos ideológicos en la metáfora y apela a la subversión ya no desde la imagen, sino desde la palabra.

    Las metáforas son evidentes, ya se han dado cuenta de ellas. Resumamos: el vuelo de la compañía Península donde se encierra casi todo el relato, con un breve descenso al infierno de Madrid transido de un romanticismo trágico, se ve obligado a un aterrizaje forzoso en un aeropuerto fantasma producto de una negligencia. Mientras los pasajeros de la clase business, fauna que simboliza la corrupción moral del país, se entregan al placer y el olvido, entretenidos por los azafatos, los de la clase turista no se enteran de nada, pues han sido narcotizados con ansiolíticos para que no puedan protestar. Hay que admirar la inteligencia de Almodóvar para articular un diagnóstico moral y un comentario político y social de un país deprimido, víctima del expolio y el desfalco continuado. De ahí que la coartada de invocar a la comedia ligera y sofisticada de los años treinta resulte tan pertinente, pues en ellas cabía esa necesidad de un gran artista (Hawks, Capra, Lubitsch) de apelar al disparate y crear un universo fabulado para satirizar un país y una clase social en crisis.

    La subversión, decíamos, está en la palabra. Sobre todo en estos tiempos de corrección política, cuando la incorreción ya no pasa por filmar los cuerpos desnudos, felaciones o "golden showers" que desfilaron por sus películas. La insubordinación respecto al pensamiento único (el del BCE y el desmantelamiento de los servicios publicos como imponderables) habita ahora quizá en aquello que se piensa y se dice. Y 'Los amantes pasajeros' es una película hecha de palabra y de rostros desquiciados, de personajes a los que odiar y también por los que sentir compasión, de tramas inestables y de diálogos tan imposibles y directos que sus significados solo surgen desde la convicción. Es posible que las rupturas de la moral desvíen su camino hacia la infértil infantilización, como si Almodóvar fuera ese niño con el caca-culo-pedo-pis perpetuamente en la boca (demasiados chistes sobre ventosidades y felaciones), así que uno podrá reírse mucho o nada con las rebuscadas y surrealistas situaciones que propone 'Los amantes pasajeros' (yo, lo confieso, apenas he cruzado la media sonrisa durante la proyección, aunque me he divertido mucho con el número musical de los azafatos, coreografiado para la cámara al ritmo de las Pointer Sisters), pero desde luego no podrá albergar duda alguna sobre la posición (ideológica, ética y humana) en la que se coloca Almodóvar respecto a la España de nuestros días, gobernada por tipos tan siniestros como Montoro.

    Y claro, todo ello, con la complicidad de un reparto de intérpretes numeroso y envidiable, al mando de quien ha demostrado durante décadas por qué es el mejor director de actores de la cinematografía nacional. Podemos aceptar finalmente que la risa no sea quizá el objetivo final de este film, que la ligereza de su epidermis y su acomodo en la comedia del absurdo (no muy lejos de lo que propusieron Abrahams y Zucker en su momento) no hace sino ocultar la amargura que lleva dentro, y entonces ataremos algunos cabos sueltos que delatan el continuado amor por los subgéneros y subproductos del autor de 'Kika' (1993). Una posible respuesta la hallamos en la presencia protagónica, siempre divertida, de Carlos Areces, ese cómico inigualable que se alió con la revolución "muchachada", la que prendió el post-humor de Joaquín Reyes y está dando el salto, en los últimos tiempos, de la pequeña a la gran pantalla. Porque como en aquel antológico "Celebrities" que Muchachada Nui dedicó al propio Almodóvar, lo que interesa no es tanto invitar a la evasión con la risa, sino a la incomodidad desde la más pura y alocada estupefacción.


    Lo mejor: El inteligente y visionario juego metafórico que propone como retrato sociológico de la España actual.

    Lo peor: Que los ‘tics' almodovarianos neutralizan el humor y que la elección estética entra en contradicción con el espíritu subersivo del film.
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