Un 'thriller' que se sabotea a sí mismo
por Sara HerediaLa popularidad de Chris Pratt no ha venido de sus habilidades interpretativas. El actor se ha convertido en la estrella de Hollywood que es a día de hoy por su carisma y vis cómica, algo que surgió en Parks and Recreation pero que ha mantenido como Star Lord en Guardianes de la Galaxia y Owen Grady en Jurassic World... hasta que se hizo héroe de acción. En determinado momento de su carrera debió de pensar que le apetecía seguir los pasos de su suegro, Arnold Schwarzenegger, y convertirse en una figura seria del género. Ahí empezaron a aparecer títulos como La guerra del mañana (2022), La lista final (2022) o la que nos atañe ahora: Sin piedad. La diferencia es que en esta última producción sí hay algo más que su gracejo natural. Ha intentado actuar.
Sin piedad se desarrolla en una sala vacía donde el acusado -Pratt- se sienta en una silla a la que permanece esposado. Él, policía de Los Ángeles, es el principal sospechoso de la muerte de su esposa y tiene 90 minutos para demostrar su inocencia. De lo contrario, será ejecutado. La jueza es una inteligencia artificial imparcial que actúa también como jurado y verdugo. Para defenderse, el agente podrá buscar entre el archivo infinito de contenido audiovisual de la ciudad, ya que todos los móviles y cámaras están conectados por ley a la nube municipal.
Durante la mayor parte de la hora y 40 minutos que dura la película lo que el espectador ve es el rostro de Pratt, en contraplano con la cara hierática de Rebecca Ferguson, que interpreta a la jueza. Resulta muy interesante centrar la tensión -que hay mucha en su primera parte de metraje- en los rostros de los dos protagonistas, lo cual cubre toda la pantalla grande del cine. No hay espacio para más que para ver el sufrimiento del acusado. Esto se intercala con los recursos audiovisuales a los que recurre el agente para salvarse de la ejecución.
Por más de 40 minutos, la película dirigida por Timur Bekmambetov -director de Wanted (2008), Abraham Lincoln: Cazador de vampiros (2012) o Ben-hur (2016) en una filmografía de lo más dispar- funciona como un 'thriller' potente e innovador. Resulta imposible no prestar atención a la sucesión de pruebas y rastreo de sospechosos, por lo que cumple con solvencia su cometido pero, ay, entonces llega ese tercer acto que echa por tierra todo lo que ha construido hasta el momento.
Sin desvelar detalles de la trama, digamos que Bekmambetov se carga las reglas de inteligencia artificial que tan bien había delineado y vuela por los aires -literalmente- una película que podría haber sido muy disfrutona. Su búsqueda por el espectáculo de 'blockbuster' no funciona. Demasiado exagerado, demasiado impostado, demasiado giro por el giro... De repente, un 'thriller' apañado se transforma en un telefilme. Pratt también abandona su papel de agente desesperado -que ofrecía algo diferente a su carrera- para ponerse el traje de héroe y salvar el día. Incluso tiene tiempo para soltar una frase a modo de moraleja que subraya el mensaje que ya todos habíamos entendido y asimilado. Es una pena, pero Sin piedad podría haber sido mucho mejor de lo que es.