Un motor argumental que arranca bien pero no lleva a mucho más, todo está muy condensado y la película resulta aburrida, tarda en llegar
Entre toda esta vorágine de 'streaming' en la que vivimos hoy en día he visto la nueva película de Peaky Blinders, subtitulada El hombre inmortal, que viene a cerrar, según su creador Steven Knight, seis temporadas de una serie bastante mítica que yo mismo metí en el top de lo mejor del siglo XXI.
A mí me gusta Peaky Blinders. Tiene esa dinámica tan heredada de Mario Puzo y Francis Ford Coppola; hay una especie de padrino exploitation en cómo cogen el concepto de protagonistas ligados a negocios criminales donde la familia es un pilar orgánico del entramado. Puro Padrino. También calca esa necesidad de Tommy Shelby de intentar dejar los aspectos más turbios, meterse en lo legal (generalmente en la política), solo para descubrir que la política es peor aún que el tráfico de drogas. Todo ello mientras vas llenando una piscina con la sangre de toda la peña que has matado.
Todo esto funcionaba como un tiro en la serie, incluso con esos cierres de temporada donde Tommy parecía acorralado y lo solucionaba todo a las malas porque lo tenía todo preparado desde el capítulo uno. Pero en la película, la cosa hace aguas. De entrada, hablemos del equipo. Steven Knight, su creador, es un guionista muy interesante, autor de genialidades como Promesas del Este de David Cronenberg (que es una pasada) o la peli de culto Locke. Sin embargo, la peli no la dirige él, la dirige Tom Harper, que es un hombre de paja detrás de las directrices de Knight; un director bastante normalito y con poca maña.
Parece 'Peaky Blinders', pero no lo es
A ver, Inmortal Man luce como Peaky Blinders. Tiene los colores, la música supermolona, la luz y esa manera tan esteta de encuadrar a los personajes desde abajo para que se les vea como a dioses. Pero la película falla tremendamente. Es una cosa fofa, completamente meliflua, que recuerda a El Camino, aquella peli que hicieron para cerrar Breaking Bad: tiene elementos reconocibles con los que simpatizas enseguida, pero nada más.
Parte de la culpa la tiene una decisión arriesgadísima: apartar de la película a Arthur Shelby porque al actor, Paul Anderson, lo detuvieron con un montón de droga encima. ¡No me preguntéis qué hacía con tanta droga, pero llevaba un montón!. El problema no es que arranque muerto, es cómo lo escenifican: con un flashback alucinado que es supercutre. Como esto es para Netflix, deciden que no solo te lo van a enseñar, sino que te lo van a verbalizar tres veces en voz alta para que quede clarísimo. En imágenes es feísimo.
Luego está la trama. Abandonamos a los protonazis de la sexta temporada, que a mí me gustaba porque dejaban cosas abiertas, para inventarse a otro nazi americano que quiere hundir la economía británica metiendo dinero. Un motor argumental que arranca bien pero no lleva a mucho más, todo está muy condensado y la película resulta aburrida, tarda en llegar. Y para colmo, introducen a la increíble Rebecca Ferguson —¡a la que habría que poner una estatua en cada pueblo!— pero la entroncan con la pesada parte onírica de los espíritus de la familia gitana, y su personaje no acaba de funcionar.
¿Qué salva este desastre? Los momentos de Tommy Shelby (Cillian Murphy) con su hijo ilegítimo, Duke, interpretado por un Barry Keoghan que es el actor más en boga ahora mismo. Duke ahora es el jefe de los Peaky Blinders y los lleva con mano dura. Ver a estos dos juntos, revolcándose y llenándose de barro y mierda, mola muchísimo. Tommy, un personaje que siempre ha ido en busca de la expiación o la muerte, encuentra en este heredero a alguien que se le parece demasiado, y ese eco es la verdadera razón para ver todo esto.
En fin, no es más que un reflejo del mundo en el que vivimos. El otro día le pregunté a la IA de Gemini por los estrenos de 2025 y me confirmó que entre un 55% y un 60% son franquicias, secuelas o remakes preexistentes. Cada vez somos menos originales y reciclamos más. Esta película es la pura manufacturación de un material degradado: como triunfó mínimamente, hay excusa para revisitarlo, pero no aporta nada. Sinceramente, me lo pasé mucho mejor yendo al cine a ver Whistle, la del silbato azteca del mal.