Escribo esto desde mi banco, con un poco de insolación, apurando los últimos momentos del Festival de Cannes del año 2026. Un festival donde este año he tenido muchísima suerte —mi milagro número diecinueve—, pero en el que siempre me pasa lo mismo: me voy el viernes y me pierdo las dos últimas proyecciones, que seguro que tienen muchos números para ganar la Palma de Oro porque ya sabéis que estoy gafado con ese tema. Pero antes de que Verónica me recoja en el aeropuerto y ponga los masajes del coche, tengo que hablaros del pequeño terremoto que sacudió ayer la Croisette: La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, nuestros queridos Javis.
Ayer pudimos ver la tercera de las películas españolas en competición oficial este año, tras El ser querido de Rodrigo Sorogoyen y Amarga Navidad de Pedro Almodóvar. Y dejadme deciros que lo de los Javis es un milagro meteórico. Hay que entender lo dificilísimo que es colarse en la sección oficial competitiva de Cannes, sobre todo teniendo en cuenta que solo cuentan con un largometraje anterior, la divertidísima y brillantísima La llamada. Cuando Cannes selecciona a unos cineastas con tan poco bagaje en el largometraje (aunque con un carrerón tremendo en series como Paquita Salas, Veneno y la histórica La Mesías), significa que los programadores del festival realmente apostaron con muchísima fuerza por la película.
Producida precisamente por Pedro Almodóvar, La bola negra es una adaptación completista y libre del libro La piedra oscura de Alberto Conejero. Los Javis toman este material, que funciona como una especie de retroficción y periodismo de investigación, para reconstruir una obra de teatro inacabada de Federico García Lorca de la que apenas existen cuatro páginas, titulada La bola negra. Lo llevan a su particularísimo universo estructurando la película en tres historias paralelas que transcurren en tiempos distintos, con un punto de palimpsesto, de guiones escritos sobre guiones que se afectan entre sí, un poco con esa organización tan pensada de La mala educación de Almodóvar pero con una pasión desbordante. Dos de estas historias transcurren durante la Guerra Civil Española (hacia 1932 o 1934) y la otra en la actualidad.
Tres personajes ligados a una obra inacabada
La película sigue a tres personajes ligados a esta obra inacabada. Por un lado, en la actualidad, tenemos a un joven que debe ir a recoger la herencia de un abuelo que acaba de morir, del cual ni siquiera sabía que seguía vivo porque pensaba que había fallecido hacía años. Por otro lado, en la época de la Guerra Civil, seguimos a un soldado, al que da vida el maravilloso músico Guitarricadelafuente, que está encargado de vigilar en un hospital a un soldado republicano herido que ha sido capturado. Y la tercera trama nos muestra a un chico de un pueblo que quiere entrar como socio en el casino local, donde están los hombres importantes, pero es rechazado al recibir una "bola negra" en la votación por ser homosexual, lo que le impide la entrada. Estas tres historias se van tejiendo entre sí de forma bastante chula a lo largo del metraje.
En el fondo, la propuesta de los Javis es un ejercicio de memoria histórica, de vindicación de los perdedores, de los desaparecidos en cunetas, y de aquellos amores escondidos, prohibidos y asesinados. Toda la cinta es una vindicación queer brutal, potentísima y muy poética. Como ya demostraron en Veneno y La Mesías, apuestan por un expresionismo sentimental, convirtiendo casos reales y tristes en una defensa arrolladora frente a la mirada negativa de la sociedad.
Estéticamente, La bola negra es una película excéntrica, kitsch, con un cúmulo de impulsos emocionales y estéticos de una fuerza brutal. Los Javis son unos cineastas barrocos y pop que apuestan por unas imágenes sorprendentes. Hay partes que te llevan a la abstracción absoluta, sobre todo en los musicales, destacando un plano secuencia de un baile en una tasca que mezcla lo cañí con lo queer en un delirio visual absoluto. Hay muchísimas referencias locas: cogen una frase icónica de la película Titanic, le meten la palabra "maricón" y le dan un giro maravilloso. Y nos regalan un retrato de soldados entrenando desnudos en la playa que es puramente Beau Travail de Claire Denis.
A nivel actoral, hay momentos de una genialidad absoluta. Cada vez que aparece Lola Dueñas en sus dos únicas secuencias, la película vuela; es un prodigio de escritura y ella arrambla con todo con una fiereza absoluta. También tenemos un momento de Penélope Cruz haciendo de cantaora a lo Carmela que es sencillamente maravilloso.
Obviamente, siendo una obra excesiva y con ideas tan radicales y suicidas, no todas las decisiones entran a la perfección. Si le tengo que poner un pequeño "pero" a la película, es que su sentimiento lorquiano ya es tan profundo y está tan presente en las tres historias, que no hacía falta ver físicamente a García Lorca en pantalla. Deciden mostrarlo al final en un cameo súper breve que, para mí, mata un poco el encanto y la magia.
Ayer en Twitter ya había prensa española enfadada, pero ya sabemos que Twitter es un manicomio y nosotros seguiremos haciendo las cosas con amor. Os digo que esta película es un disfrute absoluto, emocionante y polimórfica. Es una cinta de evento tremenda, más grande incluso que películas como la de Cristian Mungiu de la que tanto habíamos estado discutiendo estos días. Es algo importantísimo y positivo para el cine español, y es precioso ser testigos de este momento.