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    Cannes Día 7: Jornada de fantástico hardcore con las tremendas 'The Innocents' y 'Titane'
    Por Alejandro G. Calvo — 14 jul. 2021 a las 15:00

    Cannes se ha roto y la culpa la tiene el cine fantástico. Probablemente, el mejor que veremos este año. 'The innocents” y “Titane”. Para cerrar: Asghar Farhadi apunta a Palma de Oro con lo mismo de siempre.

    Tiembla todo el piso. El mío, digo, aquí en Cannes. 30 metros cuadrados que, ahora mismo, vibran como si fuera el fin del mundo. Es la telequinesis del centrifugado de la lavadora. No mola nada porque aún tengo el miedo metido en el cuerpo tras haber visto a última hora de la noche la que promete ser la película de terror del 2021. Me refiero, claro, a The Innocents del cineasta noruego Eskil Vogt, una de las mayores sorpresas de este festival de Cannes que ya entra en su recta final.

    El segundo largometraje de Vogt -el primero fue Blind (2014), que no he visto ergo no puedo decir nada de él-, cineasta que tiene ligada su carrera a la de su compatriota Joachim Trier: suyos son los guiones de Oslo, 31 de Agosto (2011), El amor es más fuerte que las bombas (2015) , Thelma (2017), etc… todas dirigidas por Trier (cineasta mimado en Cannes que, a mí, sin embargo… pasopalabra). Vogt ha hecho su debut en Cannes en la sección Un certain regard. Vamos con ello.

    The Innocents es, sin ningún tipo de duda, una de las cintas más terroríficas que yo he visto en mi vida. Es una película de terror de corte realista, como podrían ser, con argumentos distintos, La semilla del diablo (1968) de Roman Polanski¿Quién puede matar a un niño? (1976) de Narciso Ibáñez Serrador (ayer muchos cronistas la citaban para hablar de The Innocents, una comparación algo apresurada y no del todo cierta, más allá de que los protagonistas sean niños)-; ¿qué significa eso? Que todo lo que vemos en la película busca una mirada tremendamente realista sobre los muy crudos hechos que retrata. En una urbanización pegada a un bosque, coinciden tres niñas y un niño que, en conjunción, despiertan distintos poderes en ellos (telequinesis, posesión, alteración de la realidad).

    Los pequeños tienen taras familiares: hogares rotos, madres déspotas, padres despreocupados… así que los chavales pasan sus ratos probando sus nuevas capacidades a escondidas de los mayores, creciendo tanto en ternura -la mayor de ellos, es una joven autista que empieza a poder comunicarse- como, especialmente y a manos del único chico, en crueldad. Las imágenes de The Innocents se van volviendo cada vez más terroríficas a medida que avanza la cinta, el mal rollo elevado a a la enésima potencia, en especial cuando los actos sumamente crueles del joven se hacen en marcado plano detalle.

    No es ésta una película para todo tipo de estómagos. La brutalidad de las acciones mostradas son tan escalofriantes como secas y rápidas. Se ven actos abominables que yo, al menos, no recuerdo haber visto nunca en la gran pantalla (¡y he visto muchas películas!). ¿Os imagináis qué hubiera pasado si los niños sádicos y malvados de El señor de las moscas (1990) además tuvieran poderes telequinéticos? Esa sería la línea terrorífica que busca construir Vogt: más cerca de Juegos prohibidos (1952) que de Hereditary (2018) y con su punto de niño-cabrón primo hermano del Damien de La profecía (1976). No es una película fácil The Innocents, eso está claro, pero de lo que no tengo ninguna duda es que es un paso adelante en el género y que vamos a estar hablando de ella durante años.

    Cambiamos mínimamente de tercio: del terror realista pasamos al terror fantástico con la experiencia más radical vivida en Cannes 2021. Me refiero, claro, a Titane, segundo largometraje de la realizadora francesa Julia Ducournau -el primero fue la alucinante Crudo (2016)-, canibalizando en su cuerpo mutante-mecánico buena parte del mejor cine fantástico de las últimas décadas. Apuntad: la nueva carne, tanto de Tsukamoto como la de Crash de Cronenberg; el proto-slasher por mera razón de ser que conectaría a la protagonista de Ángel de venganza de Ferrara con el baño de sangre de Bahía de sangre de Bava; planos secuencia que son un puro deleite plástico, más De Palma que Scorsese; la semilla de lo diabólico (y, de nuevo, mecánico) que cruzaría el fantástico extremo francés de los dos miles con esa cult movie impepinable que es Engendro mecánico de Donald Cammell; un coche con vida propia (a lo Carpenter) sólo que éste, en vez asesinar, folla (como las rancheras de Southland Tales); un ente sexual andrógino devora hombres y mujeres que no deja de buscar su propia identidad sexual (Under the Skin) y ya para acabar podríamos añadir las ganas viscerales de epatar por vía de la imagen más grotesca y plástica posible de un Nicolas Winding Refn (The Neon Demon) o de un Gaspar Noe (Enter The Void). Toma watchlist de las guapas.   Titane (Titanio, para los amigos de habla hispana) cuenta la historia de Alexia (Agathe Rousselle), una bailarina de lap-dance encima de automóviles tuneados que lleva una placa de titanio en la cabeza fruto de un accidente automovilístico (provocado por ella misma) cuando era niña. Al acabar uno de sus bailes, en su regreso al coche, es violentada por un imbécil que asegura estar enamorada de ella y que acabará con el primer baño de sangre de la cinta. Apartir de ahí: el desbarre, la masacre, la huida, el encuentro con un bombero herido y solitario (magnífico Vincent Lindon, uno de los mejores actores de la historia del cine francés), que recogerá a Alexia (en mutación constante) y tratarán juntos de sanar sus muchísimas heridas.

    Quizás la única pega que se le pueda poner a la película de Ducournau es que sus primeros quince minutos son tan buenos, tan increíbles a todos los niveles, que el resto de la cinta lo tiene difícil para remontarlos.

    Estamos en terreno sci-fi, ojo, en un futuro cercano pero indeterminado, donde lo imposible por la vía bizarra toma forma de manera muy vívida. La protagonista, un animal andrógino herido física y emocionalmente, responde a cualquier acto externo, ya sea violento o cariñoso, de una forma sumamente agresiva. De ahí que Titane tenga algo de amor insondable en su medula espinal mecánica: el de educar a la pequeña salvaje (Truffaut) por la vía de la comprensión y el reconocimiento de las heridas propias en el otro.

    Ahí hay un equilibrio dificilísimo de alcanzar, puesto que la película visualmente va a noquear por la vía del espanto, pero argumentalmente busca la empatía por la vía de la comprensión y la aceptación. Algo que Titane consigue -vaya plano final- mientras no deja de producir imágenes de una belleza plástica -todos esos incendios- realmente alucinantes. Mezcla imposible de tantas cosas que uno no puede ni siquiera seguir calculándolas, al final es una película 100% de su directora, que se consagra con solo dos títulos como uno de los nombres más importantes del fantástico contemporáneo.

    Cerramos con una de las máximas favoritas a ser la Palma de Oro del certamen, aunque a mí me ha parecido bastante intragable. Me refiero a A Hero del cineasta iraní menos iraní que ha dado el cine iraní en toda su historia: Asghar Farhadi. En ella vemos como un hombre bueno -pese a estar en la cárcel por impago de deuda, encuentra un bolso con monedas de oro y, en vez de usarlo para pagar a su acreedor, decide devolverlo a su dueña- que verá recompensada su acción siendo pisoteado por todos y por todo hasta convertir su vida y la de su familia en una pesadilla absoluta. Como pasa en el cine de Ken Loach, el maestro de la lumpen-exploitation, Farhadi no duda en cargar las tintas hasta llegar a la zona de lo miserable: usar al hijo tartamudo del mismo como objeto de tortura de uno de los desalmados de la película. A mí me parece fatal, ya lo he dicho, pero es este tipo de películas las que suelen llevarse todos los premios.

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