Super 8 es una película tremendamente entretenida que, por momentos, se eleva para convertirse en un auténtico y absoluto placer audiovisual. La combinación de historia fantástica, primer amor juvenil y una arrebatadora estética nostálgica funciona a la perfección. El ritmo es implacable e ideal, si exceptuamos el final, quizás demasiado apresurado. Una delicia de ver, en todo caso.
El gran triunfo de la cinta se concentra en diez minutos de absoluta grandeza cinematográfica. Hay una secuencia donde el clímax emocional se funde magistralmente con el punto álgido físico, técnico y espectacular de la trama.
Hablamos de la intensísima escena en la estación, donde la joven Alice (interpretada brillantemente por una jovencísima Elle Fanning) actúa para el modesto cortometraje de sus amigos. Frente al objetivo de la pequeña cámara Super-8, la chica ofrece de repente una interpretación improvisada de amor y tristeza abrumadoramente profesional y madura, dejando a los chicos (y al espectador) sin respiración. Sin dar un segundo de tregua, a este milagro interpretativo le sigue inmediatamente una escena de acción inesperada y técnicamente prodigiosa: el monumental y atronador descarrilamiento del tren. Es un pico narrativo memorable.
Todo en la película estaría impecable si no fuera por una sensación persistente que asalta al espectador actual: la de que todo esto recuerda continuamente a algo ya visto. En concreto, el parecido con la serie “Stranger Things” es indudable.
Super 8 se estrenó en 2011, cinco años antes de que Stranger Things llegara a Netflix (2016). Por tanto, no es Super 8 la que copia a Stranger Things, sino que la serie de los hermanos Duffer tomó muchísima inspiración de esta película de Abrams. A su vez, Super 8 es un homenaje directo y consciente a las películas de la productora Amblin de los años 80 ( Los Goonies, Cuenta Conmigo), todas ellas marcadas por la mano de Spielberg, quien aquí ejerce de productor.
En definitiva, Super 8 ofrece más de lo que cabría esperar, es una aventura espectacular, con un corazón enorme y cuya previsibilidad entra dentro del juego.