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    Última noche en el Soho
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    Última noche en el Soho

    Un ángel vengador en el Soho de los 60

    por Alejandro G.Calvo

     

    Presentada a competición en el último Festival de Venecia -en nuestro país se pudo ver en Sitges-, la nueva película del director británico Edgar Wright (Dorset, UK, 1974), Última noche en el Soho, es un nuevo salto hacia adelante en una carrera que nunca ha dejado ni de sorprendernos ni de divertirnos. Su filmografía, ávida en cruzar la risa a través del fantástico -su afamada “trilogía del Cornetto”: Zombies Party (2004), Arma fatal (2007),  Bienvenidos al fin del mundo (2013)-, la comedia romántica en su vertiente más pulp -Scott Pilgrim contra el mundo (2010)- y el cine negro -Baby Driver (2017)-, tiene un espíritu lúdico indómito que no reniega de una puesta en escena que, con el paso de los años, se ha ido volviendo cada vez más depurada y exquisita. Valga como ejemplo cum laude Baby Driver, cuya imagen arquitectónica, plenamente integrada en la narrativa, confiere aires de puesta en escena de musical clásico a un relato de gángsters a la vieja usanza: un posmodernismo -a lo Boyle, a lo Black, a lo Tarantino, si se fuerza la comparativa- que rehuye de los manierismos para dar toda la fuerza estética posible a la narración.

    Última noche en el Soho, de hecho, arranca en sexta en modo musical. Con la protagonista (contemporánea), Eloise (Thomasin McKenzie, protagonista de JoJo Rabbit (2019)), bailando y haciendo playback, con un maravilloso vestido de papel de revista confeccionado por ella misma, mientras empaca la maleta que la llevará a su nueva vida en el Soho londinense, donde piensa estudiar “Arts & Fashion” y así cumplir su sueño de ser modista de la alta pasarela. Con un flow de imágenes luminosas, bellísimas, seductoras que van cayendo en cascada, la protagonista vivirá su propia decepción vital cuando ese Londres idealizado esté muy lejos de ser el Londres de los años sesenta que tanto adora... Ya el arranque de la aventura no sale bien y la joven cambiará la residencia de estudiantes por una habitación alquilada a una anciana de pocas y duras palabras: Ms Collins, a la que da vida la recientemente fallecida Diana Rigg, todo un icono pop de los 60 como protagonista de la serie de TV Los Vengadores (1965) además de chica Bond en 007 al servicio secreto de su majestad (1969). Y es entonces cuando el fantástico se hace presente: al caer la noche, Eloise cambiará su cuerpo y vida por el de Sandie (Anya Taylor-Joy, coronada definitivamente como una de las grandes estrellas del cine moderno), una joven que pasea sus lentejuelas y tacones por el Soho de los 60 con la esperanza de convertirse en cantante... otro sueño que, como se verá más tarde, también se verá cruelmente truncado.

    Con un fantástico juego de espejos, casi carrolliano, las dos jóvenes viven en cuerpos transmutados la pesadilla que surge cuando los sueños te devoran. Eloise vive la tragedia de Sandie sin que pueda hacer nada por evitarla, mientras que Sandie se cuela en la realidad de Eloise llevando un terror estricto del cine de fantasmas a su cada vez más frágil existencia. A medida que Última noche en el Soho vira hacia el horror -incluyendo unos deliciosos toques giallo, una de las marcas del terror del 2021-, Wright refuerza su maquinaria narrativa con un continuo de juegos visuales que son pura maestría narrativa. Los mundos de Eloise y Sandy se funden en un aquelarre sangriento empoderador -ésta también es una película que nos habla del #metoo-, convirtiendo la realidad en macabra fantasía y lo fantástico en realidad visceral. Vaya, Edgar Wright hace de su película un baño de cine aterrador y libidinoso, que se mece entre bailes de club con Anya Taylor-Joy enamorando hasta las paredes del local y oscuras esquinas de un Londres que parece tener cadáveres enterrados en cada uno de sus recovecos. Última noche en el Soho es la puntilla a la idealización de que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque el pasado, como el presente y el futuro, comparten idénticas miserias aunque éstas vengan con diferente ropa y maquillaje. Y al mismo tiempo es un chute de gran cine que empuja a su (doble) protagonista a romper la baraja y agarrar su vida con valor y cuchillo. Suficiente para que todos la adoremos sin rendición.

     

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