Aun con la polémica, es violentamente buena.
Una de las películas que más ganas tenía de ver porque siempre me la han vendido como un relato incómodo, como una experiencia casi martilleante, y extremadamente violenta. Secuencias con planos largos y lentos, porque visualmente es una obra muy sólida y con mucho carácter, con un color y una luz que delatan el deterioro físico y emocional de la historia. El vestuario y maquillaje funcionan con tal convicción que deja a otras películas --como 'La última tentación de Cristo'--, como algo básico. Es casi tangible. Algo similar a lo que me pasó con 'Ben-Hur', esa fascinación por las imágenes, esa capacidad de construir cuadros para que se queden suspendidos en el aire más allá de su función narrativa. Sin embargo, no todo funciona con la misma efectividad, porque los efectos son raros, dándome esa sensación de inacabado.
La simbología no es que se me haga especialmente útil, pero es efectiva. Es la traición, representada con esas figuras infantiles demoníacas. Aquí lo importante no es la elegancia, sino todo lo contrario, el impacto directo.
Pero si hay algo que define por completo esta experiencia es, por supuesto, su fisicidad. La violencia es expuesta gráfica, directa e incómodamente. Si el objetivo es representar el sacrificio desde el lado más terrenal, no se puede aplicar la suavidad. El dolor no es rodeado, sino atravesado. En el momento clave de tortura, la incomodidad me recorre el cuerpo, y eso significa que la propuesta está funcionando. Aunque más perturbador que la violencia en sí es la forma en que los personajes disfrutan, se burlan y banalizan el sufrimiento. Es cuando encuentro uno de los elementos más duros. No es solo el castigo, sino la deshumanización colectiva.
El sonido no es algo dejado al margen, porque marca una completa jerarquía. Cuando el foco pasa al dolor de quienes observan, el mundo se apaga parcialmente, la música toma una presencia definida y los golpes siguen ahí, de fondo. Es un detalle que marca toda una secuencia completa con una capa emocional potente hasta los cimientos. Jim Caviezel es el encargado de soportar el peso de la cruz. Es un trabajo sencillamente abrumador y perfecto. No tanto por la interpretación en términos clásicos, sino por la entrega física y emocional que supone un papel como el suyo. No es solo su mérito: es la puesta en escena --en general--, que contribuye a construir esa sensación de verdad.
Mel Gibson no se pierde en discursos teológicos ni reflexiones abstractas sobre la fe. El castigo es lo importante y las últimas horas, lo tangible. Eso, para alguien que no conecta especialmente con la religión, como es mi caso, la hace más accesible e interesante. No es un filme expresamente desde la ideología, sino desde la experiencia física e histórica. En ese sentido, incluso encuentro un paralelismo curioso con la Semana Santa --hombre, claro, es un comentario rotundo y lógico--. Se refleja la tradición visual y musical. Es un elemento con el que conecto especialmente, porque desde pequeño me gusta la Semana Santa, independientemente de mis ideologías personales.
Hay una crítica implícita al pueblo, a esa masa que repite lo que escucha y se deja arrastrar, que participa en relación al dolor ajeno sin cuestionarse absolutamente nada. Esa imagen colectiva, esa facilidad para convertir la misma violencia en espectáculo.
Antes ya hablé sobre lo que supone visualmente esta película, pero aún tengo que recalcar que todo lo que se ve, se vuelve más denso, más cargado y más significativo. No es que disfrute del deterioro físico de Cristo, pero la dominación de la fotografía es prácticamente narrativa por sí sola.
Aun gustándome todo de esta polémica obra, tengo la ligera sensación de incompletitud. Me falta algo, no sé qué, una resolución que termine de cerrar redondamente la experiencia. Aun así, el balance es claro: me mantengo despierto, interesado y sumergido en la historia. Su falta de concesiones, su manera de enfrentarse a lo que quiere contar... es todo casi perfecto. No diría que me encanta, pero sí me gusta bastante.