El 11 de agosto de 2014 nos sacudió una terrible noticia que llegaba desde Paradise Cay, en California. Allí, Robin Williams, mítico actor y humorista, había muerto por suicidio. Tenía 63 años. Williams, que había cimentado su carrera en el humor y las películas familiares, no encajaba en el perfil de depresión, pero lo cierto es que estaba luchando contra muchos demonios, como lo había hecho durante gran parte de su vida.
El actor luchó contra el alcoholismo y la adicción a las drogas durante mucho tiempo. Se mantuvo sobrio durante 20 años, pero sufrió una recaída en 2006, a la que le siguió otra más. Cuando falleció en 2014 se encontraba totalmente sobrio, pero padecía una depresión severa. Así lo confirmó su esposa, Susan Schneider, quien señaló a la enfermedad de Parkinson que le habían diagnosticado -luego se supo que se trataba de cuerpos de Lewy- como posible factor que contribuyó a su estado mental.
En su último año con vida sufrió ansiedad, estrés, insomnio, pérdida de memoria, delirios... Lo que finalmente le llevó a querer "reiniciar su cerebro", como le contó a su esposa.
De ser un niño solitario a hacer reír al público de todos los países
Williams creció en una inmensa mansión, llena de habitaciones pero vacía para un niño. Su principal figura materna era su cuidadora y tenía que andar buscando la atención de sus padres, que estaban más ocupados en otras tareas. El humor se convirtió en su mecanismo de supervivencia para sobrellevar el acoso que sufrió en el colegio y como forma de conectar con su madre. Así surgió también esa máscara con la que vivió. Hacia el público era un hombre carismático y lleno de energía, pero realmente ocultaba su personalidad introvertida y reservada.
Él mismo definía repetidamente el escenario como un espacio "más barato que la terapia o el Prozac" y, tras su proceso de rehabilitación, como su "último subidón legal disponible". En el escenario, Williams liberaba un torrente incontrolable de ideas rápidas para poder hablar de miedos, presiones y dolores reales a su propio modo.
Miramax Films
Su carrera contiene personajes tan legendarios como el mentor Sean Maguire de El indomable Will Hunting (1997), el Dr. Malcolm Sayer de Despertares (1990) o el inolvidable John Keating de El club de los poetas muertos (1989). Muchos crecimos con sus películas y seguro que para muchos siempre será Alan Parrish de Jumanji (1995), Peter Pan de Hook (1991) o la Sra. Doubtfire (1993). También es el genio de Aladdín (1992) y, aunque en España disfrutamos del trabajo de Josema Yuste, su huella marcó el doblaje en todos los países.
"Él hizo que mi sueño y el de Matt se hiciera realidad. ¿Qué le debes a una persona así? Todo"
Cuando se conoció la noticia de su muerte, el mundo del espectáculo se lanzó a recordar las mejores anécdotas que guardaban junto a él. En los Emmy de aquel año, Billy Crystal le dedicó un emotivo discurso y le describió como "el mejor amigo que uno pueda imaginar". "Nos hacía reír a carcajadas cada vez que lo veíamos", dijo Crystal, "Su brillantez era asombrosa... Es muy difícil hablar de él en el pasado, estuvo muy presente en nuestras vidas... durante 40 años, fue la estrella más brillante de la galaxia de la comedia".
Matt Damon y Ben Affleck, que trabajaron con él en la película que les lanzó a la fama, El indomable Will Hunting, también le dedicaron unas bonitas palabras. "Robin trajo mucha alegría a mi vida y yo llevaré esa alegría conmigo para siempre. Era una persona maravillosa. Soy afortunado por haberlo conocido y nunca, jamás, lo olvidaré", recogió Matt Damon en un comunicado. Mientras que Ben Affleck escribió en Facebook: "Con el corazón destrozado. Gracias por todo, jefe, por tu amistad y por lo que diste a todo el mundo. Robin tenía mucho amor que dar a los demás e hizo mucho por muchas personas. Él hizo que mi sueño y el de Matt se hiciera realidad. ¿Qué le debes a una persona así? Todo. Ojalá encuentres la paz, amigo mío".