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    Cannes Día 8: Sean Baker retrata la odisea de un ex actor porno en la América profunda en 'Red Rocket'
    Por Alejandro G. Calvo — 15 jul. 2021 a las 10:08

    Dos retratos bien distintos: la Norteamérica profunda y suburbial habitada por perdedores -'Red Rocket' de Sean Baker- y el París contemporáneo idealizado en blanco y negro -'Paris, 13th District' de Jacques Audiard.

    El realizador neoyorquino Sean Baker se está convirtiendo en el gran retratista del lumpen norteamericano contemporáneo, ya sea habitante de grandes ciudades (Los Angeles), habitando suburbios  de Texas y moteles de mala muerte cercanos a Disneyworld, reflejando el lado oxidado y mellado del sueño americano. Las prostitutas transexuales de Tangerine (2015), la madre-scort de The Florida Project (2017) y, ahora, un actor porno en horas bajas en Red Rocket -presentada hoy en competición oficial en Cannes-, como los imperfectos anti-héroes (o anti-villanos) de películas que se mecen entre la comedia triste y el melodrama empático. Perdedores por naturaleza y contexto, que Baker retrata siempre con cariño, no importa lo terribles que sean sus actos. Por eso aunque siempre caen muy bajo, siempre caen de pie, porque hay un cineasta detrás cuidándoles con esmero. Red Rocket arranca con un hombre desesperado. Sin maleta, ni pertenencias visibles, llega magullado y golpeado a la casa de su ex mujer, en las afueras de Texas, rogándole que por favor le deje descansar unos días en ella. El cielo está encapotado, gris, ahumado por las chimeneas de una fábrica que contrasta con los colores pasteles de algunas de las casas (más o menos) destartaladas; en las televisiones de los hogares, siempre está Donald Trump sermoneando. El hombre tiene un alias, Mikey Saber, porque es actor porno -no para de presumir de sus premios y sus millones de visionados en PornHub- aunque parece que ya nadie quiere contar con él. Su ex mujer, también ex actriz X, le acepta más por desidia que por pena y, Mikey, se esmera en ganarse su cobijo. Busca trabajo para contribuir en el alquiler -pasando marihuana-, corta el césped, desprende y contagia simpatía. Como esta es una película de Sean Baker sabes que en algún momento se torcerán las cosas pero, de momento, tiene al espectador totalmente ganado, algo a lo que contribuye una interpretación magnética y ultra entregada de Simon Rex -ex actor porno en la vida real. Fotografiada en 16mm, dándole a la obra una textura deliciosa, Red Rocket ya merece la pena sólo por ver al protagonista arriba y abajo con su bicicleta y su sonrisa. Pero el truco de Baker es hacer creer que el diablo no existe y cuando Mikey demuestra su verdadera cara -quiere engatusar a una joven de 17 años, Strawberry, para que se enamore de él y así él puede ser su particular proxeneta de vuelta en la industria X- la película dobla la moral sobre sí misma y obliga al espectador a posicionarse del lado de alguien que se descubre como un miserable. Llegados a ese punto, Red Rocket está muy cerca de los abnegados perdedores asfixiados en su propia red de engaños de los hermanos Safdie. Logrando algo tremendamente difícil: que sigamos empatizando con alguien que no merece ninguna simpatía o, lo que es lo mismo, que consiga hacernos reír cuando en realidad lo que estamos viendo tiene bastante poca gracia. Tremendo lo de Red Rocket, tremendo lo de Sean Baker, tremendo lo de Simon Rex.

    Vamos con Jacques Audiard, cineasta que tiene ganado mi corazón incluso con todos los altibajos de su filmografía. Porque por más que tenga bajos, en sus puntos altos ha estado imparable: Lee mis labios (2001), De latir mi corazón se ha parado (2005), Un profeta (2009), Los hermanos Sisters (2018) -uno de los mejores westerns modernos-, etcétera. Hoy ha presentado a competición Paris, 13th District, adaptación de distintos relatos cortos de Adrian Tomine, que ha contado con la colaboración en el guion de la gran Céline Sciamma. Rodado en un ultra esteta B/N -da la sensación de que Audiard ha querido filmar su propio Manhattan (1979)- que logra tanto fascinar como epatar -la película sigue todo el rato esa tónica: momentos bellísimos seguidos de momentos abruptos y viceversa- y que cuenta en su haber con dos magníficas actrices, Noémie Merlant (nueva conexión con Sciamma) y la desconocida Lucie Zhang. La película vendría a ser un retrato contemporáneo de que cómo son las vías de conexión (sexual, principalmente) entre los jóvenes de la era Tinder: dos chicas y un chico irán cruzando sus historias de amor y desamor, de sexualidad frugal y desaforada pero también  aquejada de complejos y frigidez, en un París que tiene poco de postal idílica y mucho de barrio obrero. Al final, da igual que sea por la vía digital o analógica, los dolores de cabeza y corazón que nos da el amor son los mismos en el Siglo XVI que en el Siglo XXI. Seguimos enamorándonos de quién no nos quiere, se nos rompe el corazón cuando se nos abandona, nos acostamos con extraños para así poder saborear el contacto íntimo con otro ser humano. Tanto monta, monta tanto. Así, con más golpes de comedia que de drama, Audiard nos construye lo que debería ser un reflejo de la juventud de hoy enfrentándose a los problemas de siempre, por más que ahora las apps de los móviles parezcan ponernos las cosas más fáciles, cuando en verdad nos vuelven cada vez más deshumanizados.

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